|
|
|
|||
|
|
EL CASO DEL "PACIENTE" INGLÉS
Basilio dio un profundo suspiro y apartó a un lado el periódico que estaba leyendo, dio un sorbito a la copichuela del licor de hierbas, lo saboreó con fruición y volvió a dar otro suspiro acompañado de un sonoro y significativo "uhmmmm" que hizo que sus compañeros tertulianos le dirigiesen sus atentas miradas, adivinando por su preocupada expresión que alguna noticia interesante les iba a ser compartida. Efectivamente, Basilio, una vez seguro de su atención, les preguntaba con mucho misterio:
-¿Os acordáis de Willy, aquel alto y rubio turista a quien nosotros, hace un par de veranos, bautizamos unánimemente como "el paciente inglés"? -Sí, respondió rápidamente Don Ramiro. Recuerdo que le pusimos ese apelativo no porque estuviese padeciendo alguna enfermedad, sino por la extraordinaria paciencia que demostraba ante las importunas (molestas) e inoportunas (a destiempo) intervenciones de la rubia y delgaducha muchacha que le acompañaba y a quien nos presentó como a Mary Ann, su prometida. -Desde luego que había que ser muy paciente para soportarla, dijo Anastasio. Era una "borde" de mucho cuidado. -Yo no sé cuanto habría aguantado sin estrangularla, apuntó Mariano.
-Pues me da la impresión de que a Willy se le acabó la paciencia, dijo
Basilio. Según este periódico, una joven y rubia inglesa llamada Mary
Ann ha aparecido muerta en el fondo de un acantilado, muy cerca de
Avilés, en la costa asturia -Pues- intervino Anastasio- tiene toda la pinta de que el tal Willy tuvo toda la paciencia del mundo, la que le duró hasta el momento en que viese su futuro muy bien asegurado. Entonces ya no pudo aguantar más las bobadas de Mary Ann y procuraría quitársela de enmedio por algún expeditivo procedimiento.
De nuevo retomó la palabra Basilio para comentar:
-Pues según el reportaje, nuestro Willy tiene una magnífica coartada, pues por aquellas fechas había abandonado momentáneamente España para solucionar algún detalle administrativo en su país y con toda seguridad no se le puede achacar ninguna responsabilidad. -Bueno, bueno, -intervino aquí Mariano-, no sería la primera vez, ni la última, que alguien se procurase una buena coartada mientras otra persona realizase - por encargo suyo- la faenita de desembarazarse de alguien que le estorba. Lo que pasa es que en la mayoría de los casos no es posible demostrar este hecho y el criminal queda impune. -Dios castiga sin palo, sentenció Anastasio. -Por favor, -intervino Don Ramiro-, no metáis a Dios en estos berenjenales, pues Él tiene mejores cosas que hacer que ir impartiendo justicia en estos casos terrenales. Cuando llegue nuestra hora, todos seremos juzgados y convenientemente recompensados con arreglo a nuestros merecimientos.
Y así quedo zanjado el caso aquel día; pero no había pasado un mes cuando volvió a aparecer otra vez Basilio muy agitado, quien, enarbolando un periódico en su mano y con voz bastante excitada comentó a sus amigos: -¿Recordáis el caso de Willy y de su repentina y oportuna viudedad? Pues mirad lo que dice hoy el periódico:
“Un terrible accidente ha sido sufrido por un ciudadano británico que
pasaba una temporada en Asturias. Su flamante coche Ferrari se despeñó
sin causa
-Dios castiga sin palo-. Volvió a sentenciar Anastasio y los cuatro amigos se quedaron mudos, cada uno a solas con sus pensamientos.
Escrito por RAMAMAя en Madrid, el 27 de enero del 2009
|
|||