Mis cuentos infantiles

 

 

 

Inicio

Aficiones

Mis cuentos y relatos

Galerías de fotos y pinturas

Sitios favoritos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                 

 

                                                                           

   

 

EL MISTERIO DE LOS ROSARIOS

 

Aquella tarde llegó Don Ramiro a la sobremesa un pelín mas tarde de lo acostumbrado y, muy sonriente, dirigiose en primer lugar al mostrador del “Gran Café” para solicitar de Antonia su acostumbrado café cortado y a continuación, -no sin antes disculparse por su tardanza-, se sentó junto a sus tres ancianos amigos diciendo con mucho misterio: 

“Acabo de descubrir una cosa muy interesante. No se conoceréis la ancestral costumbre que hay en la parroquia de que, el nombramiento de cada nueva presidenta de las “Hijas de María”, lleva aparejado el que, en su investidura, el párroco la entregue un precioso rosario de los que se conservan en una cajita de madera tallada que hay en la sacristía.

Esta caja, cuando yo me hice cargo de la parroquia hace ya poco mas de doce años, contenía en ese momento cuatro rosarios exactamente iguales: todos ellos tienen las cuentas de color negro azabache muy brillante, estando fabricados en plata los eslabones de la cadena y el crucifijo que remata el rosario en su extremo. Actualmente siguen existiendo los mismos cuatro rosarios, pues Doña Asunción, la presidenta de las “Hijas de María” sigue siendo la misma que entonces, y aun creo que seguirá siéndolo por unos cuantos años más, ya que, aunque mayor, sigue disfrutando de unas excelentes facultades, tanto físicas como mentales.

Pues bien, buscando un expediente entre los libros antiguos, casualmente he encontrado en el registro unas anotaciones referentes a un anónimo legado que se hizo a la parroquia a comienzos del siglo XX.

En el asiento consta la donación  -por persona anónima- de los siguientes objetos:

*Un cáliz de oro, con su cara exterior en oro blanco pulido.

*Un copón también de oro, con su tapa, todo ello con trabajos de bajorrelieves de tema religioso y con cuatro rubíes incrustados en el crucifico superior de la tapa.

*Tres patenas de oro, una de ellas con catorce centímetros de diámetro y otras dos de doce centímetros.

*Catorce rosarios con las cuentas de azabache montados con cadena y crucifijo de plata.

*Dos candelabros en plata bañada con oro, sin labrar

*Otros dos candelabros en oro puro macizo, labrados.                   

            

 

                                               rosario2.jpg

                                       

 

 

También sigue una numerosa relación de diversos objetos de menor importancia, como manteles, cubre-patenas, amitos bordados y otras ropas de culto religioso, todas ellas descritas con mucho detalle y minuciosidad.

Además, se describe la obligatoriedad de que los rosarios sean reservados exclusivamente para su uso por las presidentas de la recién creada “Asociación de Hijas de María” de la parroquia, entregándoselo en su nombramiento como tal y pasando a ser vitaliciamente de su propiedad. Se conoce que en estos cien años trascurridos, han pasado por el cargo diez presidentas, pues en el estuche de la sacristía solo quedan cuatro rosarios de los primitivos catorce.

Por cierto que prácticamente todos los objetos de esta donación forman parte del patrimonio de la parroquia, figurando también en el inventario que consta en el obispado, y por supuesto conservándose todo ello en perfecto estado.

Y hasta aquí la novedad que os quería contar y cuyo hallazgo ha sido el culpable de mi retraso.”

 

Podría parecer que el relato habría de dejar boquiabiertos y sin palabras al resto de los contertulios, pero aquí tomó la palabra Mariano, el “cronista”, como le llaman cariñosamente sus amigos y de su boca salieron las siguientes palabras: 

 

“Pues ahora sí que he comprendido en su totalidad el insólito hecho que me relató en mi niñez mi abuelo Mariano. Me narró que en su juventud, allá por los primeros años del siglo XX, durante casi todo un año estuvieron oyendo desde su casa unos extraños ruidos, que seguramente procedían del caserón contiguo, pero cuya autoría y causa no fueron nunca capaces de saber exactamente.

Resulta que el contiguo caserón solo servía en esas fechas de alojamiento para los carruajes y aperos de su entonces propietario, el abuelo del actual panadero Josele. Parece ser que muchos años antes, el caserón y su gran huerta anexa (la que también tiene otra entrada por la calle posterior), formaban parte del complejo de un antiguo convento de monjas, que a su vez, (y muchos antes de ser convento), había sido la casa solariega de un marqués venido a menos.

A mediados del siglo XVIII, el citado marqués contrajo matrimonio con una rica duquesa, trasladándose a la mansión segoviana de su consorte y donando su casa solariega en nuestro pueblo a una nueva congregación de monjas, quienes, bajo el patrocinio del marqués (y posteriormente de sus descendientes), se dedicarían a la enseñanza de los niños pobres de la comarca y a la asistencia hospitalaria de los mas necesitados del pueblo y aledaños.

 Allí establecieron su convento las monjas, quienes cumplieron en todo momento su caritativa misión con toda dedicación. Mientras duró su congregación se ganaron el respeto y el agradecimiento de cuantos las conocieron. Gracias a su excelente fama de caritativas y a su buen hacer, el convento se libró en el año 1836 y siguientes de la conflictiva “desamortización de Mendizábal”, que hacía pasar a bienes públicos (con su correspondiente desmantelamiento y venta a favor del Estado) a una gran cantidad de conventos y otras propiedades de la Iglesia en España.

Pero años mas tarde, en el 1855, se volvieron a intensificar las ideas anticlericales y se promulgó la Ley Madoz, que acabó para siempre con el convento de nuestras monjitas y sus buenas obras.                                                                                                                                    Madoz

Pero eso sí, parece ser que los confiscadores no lograron encontrar nunca los objetos de culto de las buenas monjitas, quienes se procurarían dejarlo a buen recaudo. El complejo del convento fue dividido en lotes y uno de ellos, el caserón del que hablábamos antes, fue adquirido por antecesores de Josele, nuestro actual panadero.

Mi abuelo Mariano, continuó nuestro amigo, sospechaba que los extraños ruidos que se escuchaban en el caserón contiguo, probablemente fueran producidos por los dueños del mismo, quienes seguramente se habrían enterado de alguna historia referente al desaparecido patrimonio de las monjas y tratarían de encontrarlo registrando el subsuelo del caserón. Al cesar los ruidos, mi abuelo pensaba que podría haber ocurrido una de estas dos cosas: o que habían encontrado finalmente el pretendido tesoro (cosa poco probable, pues nunca hicieron en los años sucesivos nada que pudiese demostrar alguna ostentación) o que, se habrían cansado de buscar infructuosamente.”

 Y ahora sí que se completa la historia: los cuatro amigos dieron por sentado que la honrada familia de Josele habría encontrado las antiguas pertenencias de las monjitas y las habían devuelto a la Iglesia, como lugar mas idóneo para su uso y conservación. También comentaron que aquellos buenos cristianos seguramente no quisieron dar publicidad a su devolución, pues los tiempos anticlericales todavía estaban vigentes en España (duraron realmente hasta el gobierno de Primo de Rivera) y no querrían meterse en líos. Por aquellos años, los gobernantes, tanto de los pequeños pueblos como los de la Nación, no eran demasiado proclives a la protección de la Iglesia y sus ministros.

 

Escrito por  RAMAMAя     en Madrid, el día 25 de enero del 2009

 

 

 

    

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                    

Cuadro de texto: Ir al índice de cuentos cuentos

Cuadro de texto: Subir