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EL MISTERIO DEL GABÁN ABANDONADO

 

Nadie se había fijado cuando ni como, pero el caso es que, sin comerlo ni beberlo, de repente se dieron cuenta los habituales asistentes al Gran Café de que en el perchero que hay en un lateral, detrás de la puerta de la entrada, había un gabán que, al parecer, no era de nadie.

El caso es que el gabán parecía bastante nuevo, por lo que no era probable que alguien lo hubiese dejado allí con la intención de olvidarse de él para siempre. Registrados los bolsillos, no apareció en ellos detalle alguno que diese pistas para la identificación del dueño. Únicamente se encontró una tarjetita con unas iniciales: A.R.V. así precisamente, en letras mayúsculas y nada más; ni tan siquiera una dirección, número de teléfono o cualquier otro detalle.

Todos los que tuvieron noticias del caso, se estrujaron el caletre intentando dar con la persona del pueblo que encajase con aquellas letras, dando por sentado que se trataba de las iniciales para identificar alguna persona del entorno. El único que se aproximaba un poco era el herrero Agapito, cuyo primer apellido (Ruiz) encajaba con el enigma, pero cuyo segundo apellido era Batista y por supuesto se podía descartar como propietario del gabán. Tampoco tenía ningún hijo conocido, así es que también era descartable por ese concepto.

Por otra parte, Agapito hacía un tiempo que faltaba del pueblo y decían las malas lenguas que se había marchado escapando de los maltratos a que le sometía su malencarada y refunfuñante esposa, quien le hacía la vida todo lo imposible que podía. Claramente se aprovechaba y burlaba del apocado carácter de Agapito y se lo demostraba incesantemente, aunque hubiese testigos delante.

Nuestros cuatro amigos contertulios no pudieron zafarse de la curiosidad general y también comenzaron a hacer cábalas para ver si acertaban con el nombre del propietario del gabán.

Mariano apuntó que, por lo que él conocía de Agapito, no le encontraba capaz de desaparecer  del pueblo sin más. Sólo había salido del lugar en su juventud y durante seis años en los que fue a Francia en calidad de emigrante, tras los que regresó con unos ahorrillos que le permitieron adquirir el negocio y vivienda del anterior herrero del pueblo, comprándole la propiedad a su viuda y ejerciendo desde entonces su oficio con la mayor pulcritud y dedicación. Solo se le conocía un pequeño vicio: el de hacer una quiniela semanal y depositarla todos los viernes (sin faltar uno solo) a las cuatro de la tarde en punto. Por cierto que el despacho de quinielas estaba allí mismo en el interior del Gran Café y aprovechaba para tomar su carajillo semanal, que no perdonaba nunca, aunque algunas veces había sido reconvenido en público por su esposa, quien le tenía siempre atado y muy corto por cierto.

Ya veis!, dijo Mariano, menudo vicioso era el pobre.

Basilio, quien había estado escuchando en silencio a su amigo, apuntó que los hombres tan estrechamente vigilados eran a menudo propensos a tomarse la libertad a la tremenda, y no sería de extrañar que Agapito se hubiese largado con viento fresco. El gabán, por otra parte, no se parecía en nada a lo que el herrero solía llevar y tampoco le cuadraban para nada las iniciales.

Don Ramiro, el cura, sin tener que incumplir para nada su secreto de confesión, pues el herrero no se acercaba a la Iglesia ni siquiera para ir a las bodas de gente del pueblo, comentó que el pobre Agapito era un innato sufridor, amante de sus cosas y por lo poco que conocía de él, no le consideraba una descuidada persona que se va dejando olvidada la ropa por cualquier sitio.

Y aquí puso Anastasio su “cuarto a espadas”. Dijo que a la vista de los indicios, no le cabía la menor duda de que el abandonado gabán pertenecía realmente a Agapito y aseguró que las siglas A.R.V. mas que tener que ver con sus iniciales, expresaban una auténtica despedida a sus conocidos. Lo mas probable es que en alguna quiniela le hubiese tocado un buen pellizco y se habría largado del pueblo con viento fresco. Eso sí, no sin antes haber dejado un claro mensaje de despedida en clave dirigido a sus convecinos. Las siglas representaban una despedida en idioma francés: “Au revoire”, es decir, “hasta la vista”.

Lo que no hizo fue dejar ninguna pista que hiciese saber su nuevo paradero a la que hasta entonces había sido su aplastante y poco comprensiva esposa.

Un mes mas tarde se confirmó la autenticidad de la desaparición de Agapito, pues se recibió una aclaratoria nota (dirigida al Sr. Cura del pueblo) en la que explicaba todo; por supuesto todo menos su actual paradero. En cuanto al nuevecito gabán, expresó su voluntad de regalárselo a Don Ramiro, a quien admiraba, aunque no compartiese sus ideas religiosas, según sus propias palabras.

Solo un pequeño detalle, con las siglas A.R.V. habían pretendido decir efectivamente Agapito Ruiz Batista, pero el pobre Agapito nunca había sido persona de estudios; estaba un poco pez en eso de la ortografía y confundía la B con la V con mucha facilidad. Las quinielas las rellenaba de cualquier forma (menos mal que solo tenía que escribir unas cuantas X) y el azar vino en su auxilio para liberarle de su triste cautiverio. En cuanto a su nombre, aunque mal escrito en la quiniela, no le fue obstáculo para cobrar el sustancioso premio en cuanto presentó personalmente el afortunado boleto.

El contenido de la nota enviada a Don Ramiro y su correspondiente aclaración bajaron un poco los humos de Anastasio, quien había estado todo el tiempo presumiendo de su conocimiento del francés y de su inteligente forma de descifrar el enigma. Pero lo importante del caso es que entre nuestros cuatro amigos dieron con la solución y acertaron en el fondo, aunque no en la forma.

 

Escrito por RAMAMAя     en Madrid, el día 18 de enero del 2009

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                    

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