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EL VIEJO PESCADOR CHINO 

A mis nietos Daniel, Celia y Raquel 

Mao Chang estaba aquella tarde particularmente pensativo; después de toda una jornada en el gran río Yang Tzé, el barril de su barca -en donde se guarda el pescado hasta llegar a casa-, estaba prácticamente vacío. Solamente habían logrado obtener seis u ocho pequeños pescaditos -unas raquíticas carpas- que danzaban tristemente en el agua del barril, donde permanecerían hasta llegar a puerto.

Era importante que el pescado llegase totalmente vivo al puerto,  pues según la tradición cultural de su país, debe de conservarse la vida a todas las criaturas hasta el  mismo momento de su consumo. Por eso siempre llevaba en su shampán (el pequeño barquito heredado de su padre) un barril de madera bien calafateado interiormente para que el agua de  su interior aguantase toda la jornada y el pescado no sufriese menoscabo alguno. Este barril era también costumbre en aquellos lugares el  llevarlo protegido del sol bajo una pequeña toldilla, la que también servía de refugio a los tripulantes en caso de producirse algún aguacero inesperado.

Pues, como os iba diciendo, Mao tenía aquella tarde unos tristes pensamientos: sobre todo reflexionando en la responsabilidad que a partir de entonces les había caído encima a su esposa y a él mismo.

 Resulta que desde hacía ya varios meses su único hijo había partido río arriba a trabajar en la construcción de la gran “Presa de las Tres Gargantas”, que el gobierno estaba construyendo muchos kilómetros mas arriba de su aldea natal, un pequeño pueblo cercano a la gran ciudad de Chungking y cuyos pobladores eran casi todos -como él mismo-, pescadores de toda la vida que vivían principalmente de lo que obtenían en el gran río; “El Padre Río”, como llamaban ellos al grandioso Yang Tzé Kiang (el mayor y mas caudaloso río de China).

Todo el mundo ponía por las nubes aquella colosal presa que se estaba construyendo, calificándola como la obra mas grandiosa que se había acometido en China desde la construcción  de la Gran Muralla. Multitud de operarios se necesitaban para su ejecución y hasta allí se desplazó Lin Chang, el hijo de Mao, con el decidido propósito de ganar un buen dinero y así poder comprar -mas adelante- una gran barca de pesca, provista con un buen motor para no tener que remar y trabajar tanto en los largos desplazamientos por el río, que a veces se veían obligados a hacer cuando la pesca escaseaba en su zona. Dejó a su esposa y a sus dos pequeñas hijas al cuidado de  los abuelos y marchó río arriba con la ilusión de quien pronto verá cumplidas sus ilusiones.

Al principio todo fue resultando de la manera prevista y, aunque con la lógica preocupación por la lejanía de Lin Chang, la esperanza en un cercano reencuentro mantenía la ilusión de toda aquella familia, pero una maldita tarde llegó la infausta noticia de que el pobre Lin Chang había tenido un desgraciado accidente, que había tenido como consecuencia la pérdida de su pierna izquierda y aquello fue como un mazazo en la vida de su familia. Después de unos meses en el hospital  de Chungking, pudo regresar al hogar, pero su medio de vida -como pescador- había ya dejado de ser una realidad.

En estas tristes cavilaciones iba sumido Mao Chang mientras regresaba aquella tarde a su casa después de una jornada muy poco productiva. Tan ensimismado iba en sus pensamientos que no se dio cuenta de que el aparejo de su costado izquierdo se había tensado inesperadamente.

Fue Tao Ling, su grumete y ayudante en las faenas pesqueras, quien avisó rápidamente a Mao de que en su aparejo habían ocurrido novedades y de que, a juzgar por la gran tirantez del sedal, indudablemente se trataba de una gran pieza de pescado. Con sumo cuidado y usando toda su pericia y experiencia de pescador, Mao fue recuperando el aparejo a medida que la presa se lo iba permitiendo.

Al cabo de unos minutos, la presa se rindió por fín al experto pescador y Mao pudo sacar del agua a quien seguramente era la pieza mas grande pescada en su vida; resultó ser una gran carpa de mas de dos kilos de peso; pero lo que mas admiró a nuestros protagonistas, fue el increíble color de aquel pescado: era de un precioso color dorado, con algunas irisaciones en la parte posterior de la cola, que resaltaban aun mas la impresión de que aquel pez estaba hecho de oro.

Con exquisito cuidado, Mao extrajo el anzuelo de la boca del pez y todavía sin dar crédito a su suerte, lo introdujo en el barril de su shampán, junto a los otros pececillos obtenidos aquella jornada y  comunicó al grumete su intención de regresar rápidamente al poblado para enseñar a su familia y amigos el increíble resultado de su pesca.

Allí fue comentadísima la captura obtenida por Mao Chang y de todos los rincones del poblado acudían sus buenas gentes para admirar el impresionante pescado, a quien en seguida empezaron a conocer como “la preciosa carpa de oro de Mao”.

La podían admirar en el pequeño -pero bonito- estanque que Shia Ling, la esposa de Mao, tenía desde hacía ya muchos años en un rincón de su pequeño huerto. Este pequeño estanque disponía siempre de agua corriente procedente de un arroyo de aguas limpísimas que discurría junto a su pequeña propiedad y resultó el marco mas adecuado para el precioso pez, que deambulaba a su gusto entre las plantas acuáticas y las pequeñas cascadas que con tanto primor había preparado la buena señora en sus ratos de ocio.

Lo malo es que la buena vida de la preciosa carpa ya iba tocando a su fin. Las provisiones de comida para toda la familia ya estaban mas que agotadas y Shia Ling, con gran pena por su parte, extrajo a la carpa dorada del estanque para proceder a su sacrificio y destinarla a la mesa de su familia.

Y entonces se llevó la gran sorpresa de su vida, porque la carpa le habló; sí, sí, con voz muy queda, pero muy clarita e inteligible, nuestra carpa le dijo a la anciana que parase con sus intenciones. Shia Ling, todavía sin dar crédito a sus oídos, entró en conversación con el pez. Le comunicó la necesidad de su familia de comer todos los días, sobre todo ahora en que las cosas estaban todavía mas apretadas pues, aparte su matrimonio, tenía que alimentar también a su hijo, su nuera y sus dos nietecitas.

La carpa le propuso otra solución, le dijo que atendiese muy bien a lo que tenía que decirle y que siguiese al pie de la letra todas sus instrucciones, pues en ello le iba a ella misma su vida y a la familia de Shia Ling toda una futura vida de prosperidad. Estas son las palabras que la carpa dijo a Shia Ling:

“Con mucho cuidado y sin sacarme nunca del agua del estanque, debes extraer de mi cuerpo doce escamas, pero eso si, con muchísimo cuidado para que no sean mas que doce y solo doce. Deberás coger cinco escamas doradas procedentes de mi costado izquierdo, lo mas cerca que puedas de la cabeza. A continuación otras cinco escamas del costado derecho, también cerca de la cabeza y por fin otras dos escamas de la espalda, lo mas cerca que puedas de la cola en su parte superior, en la zona en que éstas tienen el color irisado.

A continuación cogerás las escamas y las extenderás sobre un pañuelo blanco, formando con ellas la figura de una flor de crisantemo, con las escamas irisadas en el centro de la figura y cinco pétalos de dos escamas doradas cada uno. Además, sobre el mismo pañuelo colocas otros diez pétalos arrancados a una auténtica flor de crisantemo de  color amarillo puro y los colocas entre las escamas siguiendo la figura de una flor. Todo ello lo tapas con otro pañuelo de color blanco y lo dejas oculto durante doce horas. Pasadas estas doce horas como mínimo, lo destapas y verás que ya no tienes necesidad de matarme a mí para comer. Esta operación no  la puedes volver a repetir antes de -por lo menos- otros doce días o de lo contrario, yo moriré y vuestra suerte también se marchará conmigo.

Otra cosa más: esta es la última vez que puedo hablar con un ser humano, así es que recuerda bien cuanto te dije”.

Aunque Shia Ling tenía muy buena memoria, en seguida se puso a anotar en un papel todas aquellas instrucciones que había recibido del pez, pues nunca se sabe que puede ocurrir y es mejor tenerlo todo anotado por si acaso. Procedió a buscar dos limpísimos pañuelos blancos y, como en su casa solo tenía crisantemos de color morado, que es el color mas corriente en estas plantas, se fue a buscar por todo el poblado a ver quien le podía vender una planta de crisantemos amarillos. Los encontró en casa de una vecina, con quien tenía mucha confianza por ser ambas descendientes de algún antepasado común y ser casi de la familia. Esta vecina la regaló con sumo gusto dos tiestos con plantas de crisantemos amarillos y Shia Ling, una vez de regreso en casa, se puso al instante a realizar las complicadas operaciones que la carpa le había indicado.

Y ahora, a esperar impacientemente las doce horas de rigor. En principio, no quiso decir nada a sus familiares por si la tomaban por loca, ya que todo lo ocurrido mas bien parecía fantasía que realidad, pero en su interior tenía la esperanza de que algo grandioso iba a ocurrir.

Al destapar el pañuelo superior, descubrió que tanto las escamas como los pétalos de crisantemo, se habían convertido en auténticas pepitas de oro, con lo que se encontró de repente como una persona rica, ya que con veintidós pepitas de oro se pueden adquirir muchísimas cosas en su país. Con gran impaciencia esperó a que su esposo regresase de sus faenas en el río para comunicarle la gran noticia: ¡Eran ricos y en su familia se habían acabado los problemas económicos para siempre!

Al principio tampoco Mao se podía creer lo ocurrido, pero ante la evidencia de las pepitas de oro no tuvo por menos que dar gracias a Buda por la merced recibida. En el pequeño templete que en un rincón había en su casa, con un altarcito en el que se encontraba la estatua de Buda que siempre había pertenecido a sus antepasados, colocó dos lamparillas de aceite y dos pepitas de oro como ofrenda por el don obtenido.

Tanto Mao y su esposa como el resto de su familia eran muy religiosos y poco egoístas, así es que en el futuro nunca mas volvieron a tener problemas económicos y además, siempre estaban ayudando a cualquier necesidad que pudiesen tener sus vecinos y amigos. Eso sí, procurando siempre no abusar de la generosidad de la preciosa carpa dorada y repitiendo la operación de las escamas el menor número de veces posible. Siempre lo hicieron por motivos muy importantes y ante necesidades muy urgentes.

En cuanto a Li Chang, el hijo de Mao, como consecuencia de su cojera no pudo ya volver a trabajar en las faenas de pesca, pero como era una persona muy hábil con las manos, se especializó en hacer esculturas realizadas en materiales duros, como el jade, mármol y otras piedras semipreciosas. Por cierto que la figura del pescador que hay en la cabecera de este cuento, la hizo él mismo, representando a su padre Mao Chang con la pieza capturada que les había cambiado su vida. La esculpió en un mármol rosa anaranjado y en las manos de su padre colocó la figura de una carpa realizada en oro puro, para lo que tuvo que emplear unas cuantas pepitas de las que la milagrosa perca les proporcionaba.

 

RAMAMAR         La Vila, 26 de octubre del 2006

                             

 

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