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TCHAL-ATHL Y SU PRIMERA CACERÍA

 

A mis nietos Daniel, Celia y Raquel

 

Aquel día era el más importante en la vida de Tchal-Athl hasta el momento. Por ser ya mayor de edad y según las costumbres de su tribu, (compuesta por varias de las más importantes familias de “haidas” en las Tierras del Noroeste), iba a participar en su primera cacería en la bahía.

Hasta ese particular día, siempre que salían los adultos a estas actividades, había tenido que hacer lo mismo que todos los chiquillos de la aldea: observar como todos los mayores, tanto hombres como mujeres, se preparaban convenientemente con los pertrechos de caza y se marchaban hacia la orilla del mar, de donde volvían –muchas horas más tarde- cargados con una gran cantidad de alimentos.

Mientras tanto, los chavales tenían que reunirse con el chamán en la casa comunal y allí escuchar en silencio las maravillosas historias que éste les relataba; eran leyendas que desde los tiempos más remotos iban pasando de boca en boca y que los chiquillos escuchaban y aprendían con el mayor fervor.

A nuestro amigo Tchal-Athl siempre le habían encantado esas leyendas y sobre todo le había impactado una relativa a una pareja de hermanos que –en la antigüedad- se habían enamorado, pero por ser un amor pecaminoso, el  Gran Espíritu les había condenado a no encontrarse más que en contadas ocasiones y eso solo por breves momentos.

Al hermano mayor, solo le veía andar por el día y caminando siempre de este a oeste sin parar. A la hermana menor, también la condenó a no parar de andar de este a oeste, pero a ella también se la podía ver por las noches. En determinadas ocasiones (y de día, por supuesto) se encontraban los dos hermanos, pero entonces el Gran Espíritu hacía que la luz se escondiese y el mundo se oscurecía de repente, recuperándose la luz cuando los dos hermanos se separaban.

Ya podéis imaginaros que el hermano mayor se llamaba Sol, que la hermana pequeña se llamaba Luna y que se producía un eclipse cuando Luna pasaba por delante de Sol, ocultando su grandiosa luz.

El buen chamán también entretenía a los chiquillos enseñándoles las técnicas que un buen artista “haida” debe conocer, como es el arte de hacer máscaras rituales con la madera de los cedros que tanto abundan por la zona. También les explicaba el significado de los magníficos tótems que adornaban la aldea, la historia de cada uno de ellos y su forma de construirlos adecuadamente.

A las niñas las instruía en la forma de construir (también con madera de cedro), esos sombreros y cestitos que ejecutarían mas adelante con unas formas primorosas y que en su día serían la admiración de los hombres blancos a su llegada por esas tierras del noroeste de Canadá, un siglo más tarde de los hechos que estamos relatando. Pero bueno, ahora ya Tchal-Athl había cumplido los catorce años de edad y le había sido permitido ir por vez primera a una cacería.

 Todo empezó una mañana muy temprano, cuando llegó a la aldea un muchacho llamado Numh-Chult, quien venía todo sofocado desde la orilla del mar, para advertir al poblado de que en la bahía se veían una manada de orcas, lo suficientemente cerca de la orilla como para poder ser alcanzadas por los valiente arponeros de la tribu.

Los hombres prepararon a toda prisa sus canoas y sus armas, sobre todo consistentes en afilados arpones y cuchillos de piedra.

Las mujeres prepararon los cebos, consistentes en unas pieles de foca que rellenaban convenientemente con vejigas llenas de aire, para que medio flotasen en el agua y las orcas creyesen tener a mano un buen botín para su alimento.

Estas pieles fueron colocadas a poca distancia de la orilla, en la parte mas interna de la bahía y donde las orcas solían cazar más a menudo. Mientras tanto, los bravos arponeros del poblado, apostándose entre unos árboles cercanos que previamente habían talado y abatido cerca de sus cebos, se escondían en el fondo de sus canoas convenientemente armados.

Los cebos eran agitados por medio de unas cuerdas desde la orilla para que pareciesen auténticas focas en movimiento y al acudir las orcas atraídas por su fácil presa,  eran sorprendidas por los arponeros, quienes tenían buen cuidado de arrinconar siempre a la presa que les parecía más débil, llevándola hacia aguas menos profundas donde, una vez acorralada, la arponeaban hasta abatirla completamente.

En algunas ocasiones, alguna otra orca acudía en ayuda de su compañera acorralada, pero a su vez ella también sufría la misma suerte que su compañera. Los bravos cazadores eran muy expertos en estas lides y rapidísimos remeros que con sus ligeras canoas alcanzaban por velocidad a la orca en cuestión, a quien abatían y arrastraban a la orilla con gran esfuerzo, pero también con gran habilidad.

Una vez en la orilla entre todos, pero sobre todo las mujeres, preparaban el alimento para su transporte y conservación, despiezando adecuadamente las presas.

Mas tarde y una vez llegados a la aldea, sería el momento del reparto entre las diferentes familias, teniendo todos ellos el cuidado de dejar una gran parte de lo conseguido a buen recaudo, para salar y ahumar la carne de forma que se conserve convenientemente con vistas al largo y crudo invierno.

Una gran fiesta ceremonial o “potlatch” sería el remate de la cacería, en la que las diferentes familias rivalizaban en hacer regalos a los demás asistentes, para reforzar aún más los lazos que unían estrechamente a todos los componentes del poblado.

De entre todos los asistentes, el que seguramente disfrutó más de la celebración del potlatch” fue Tchal-Athl, quien reunió a su alrededor a varios de sus amigos, los que escucharon con gran atención (y envidia sana) el relato que les hizo de sus andanzas en su primera cacería.

 

Escrito por RAMAMAя en Madrid, el 2 de diciembre del 2009

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