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A mis nietos, Daniel, Celia y Raquel
Aquella tarde, Vicente regresaba a su casa con evidentes signos de
preocupación. Incluso en el Ateneu Musical de La Vila, donde Vicente
ensayaba con su clarinete todas las tardes de los viernes, le había
reprendido el director en un par de ocasiones por no estar a la altura
que de él se esperaba. Se disculpó como pudo, pero en su fue Ahora, cruzando el puente con su estuche musical en la mano izquierda y la mochila del instituto al hombro, recordaba el origen de sus preocupaciones. Su madre le había advertido aquella misma mañana de que iban a tener que apretarse el cinturón una temporada (hasta que ella encontrase un nuevo empleo) pues, con los ingresos que obtenía, no les iba a ser posible llegar a fin de mes con la suficiente holgura para hacer frente a sus gastos. El comercio donde trabajaba por las tardes, había cerrado por motivo de la crisis que estaba afectando a todo el país y por supuesto se le terminaba con ello la principal fuente de sus ingresos. Menos mal que aun le quedaba lo que ganaba haciendo la limpieza en un par de oficinas de La Vila, cuyo trabajo realizaba a tempranísimas horas de la mañana, pero con aquellos ingresos, la pobre viuda se las tendría que apañar muy difícilmente para llegar a cubrir las necesidades mínimas de ambos. En ese momento empezó a recordar el dicho de su abuela, relativo a que, cuando algo se desea con mucha fuerza, si se piensa en ello con mucha intensidad, al final puede que se consiga. En estos momentos, lo que mas deseaba Vicente era que a su madre se le arreglase su situación laboral y no tuviese que sufrir por ver como sacar adelante a su familia. A pesar de ir tan absorto en sus pensamientos, según cruzaba el puente distinguió en el suelo un objeto pequeño que brillaba al ser iluminado por la luz de los faros de los coches. Se agachó a recoger aquel objeto y resultó ser una moneda de dos euros un poco manchada por el polvo.
Siguió calle adelante haciendo cuentas de lo que podría hacer con aquellos miserables dos euros, dudando entre comprarse unas chuches o una palmera bien pringadita con miel, de las que venden en la tienda que hay bajo su casa.
En estas cavilaciones llegó al cruce entre las calles de Colón con la de
Ciudad de Valencia y allí mismo encontró la solución a sus dudas. En el
puesto que hay en la esquina, compraría un cucurucho de castañas bien
calentitas para compartirlas con su madre en la más que frugal cena que
sabía les estaría esperando. Dicho y hecho -pero con 1,60 euros menos que hacía un momento- continuó con su camino a casa, a donde llegó en un santiamén, pensando en la alegría que daría a su madre, a quien había oído comentar en varias ocasiones la ilusión que, desde que era una niña, la habían hecho siempre las calentitas castañas asadas. Una vez en casa, guardó el secreto de su compra, con el fin de dar una grata sorpresa a su madre, así es que procedieron a cenar el pobre –pero sabroso- guiso sin mas comentarios que los normales de cada día: que tal se había dado la tarde en el instituto y que progresos había hecho con su clarinete en el Ateneu a lo que Vicente respondió con la mayor naturalidad. Llegados al final de la cena, el chiquillo dijo a su madre que cerrase los ojos un momento mientras el sacaba una sorpresa de la mochila, lo que hizo la buena señora, intrigadísima por aquella novedad. Las lágrimas vinieron a sus ojos cuando su hijo le explicó el origen de aquel regalo y la ocurrencia que había tenido para ofrecer a su madre aquel detalle.
Sin mas dilaciones, procedieron a ir comiendo las castañas de aquel
cucurucho, el que por cierto traía una cantidad impar de castañas, cosa
rara en ello, ya que los castañeros suelen introducir en los cucuruchos
casi siempre un número par de ellas. Pues con la última que quedaba al
fondo, tuvieron su pequeña controversia, que si cómetela tu, que no, que
esa es tuya, que vuelta a empezar y así hasta que la madre decidió
cogerla ella misma, para pelarla y partir al centro con el fin de
compartirla. Y aquí llegó la sorpresa: ya le había parecido a la buena señora que la castaña pesaba algo mas de lo habitual, pero al terminar de pelarla no podía dar crédito a sus ojos. La castaña no era ni mucho menos normal: era dura y brillante como metal y al observarla mas detenidamente pudieron constatar que aquella materia era de auténtico y brillante oro puro. Pues bien, no es que les solucionase la vida para siempre, pero con el importe que pudieron conseguir con la venta de aquella maravillosa castaña de oro, y administrándolo convenientemente, aquella familia pudo subsistir una temporada sin las anteriores estrecheces, las que acabaron definitivamente cuando la buena señora logró encontrar un empleo fijo de cocinera en el restaurante de un famoso hotel de Benidorm. Y así se cumplió aquel deseo de Vicente, quien siempre recordaría aquellas buenas palabras de su abuela: Cuando deseas algo fervientemente, en ocasiones puede ser que lo consigas.
Escrito por RAMAMAЯ en La Vila, el 10 de noviembre del 2008
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