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SAMUEL Y LAS CATORCE MONEDAS DE PLATA 

               A mis nietos Daniel, Celia y Raquel 

 H

ace un tiempo escribí para mis nietos un cuento infantil titulado “La baldosa de los deseos”, en el que hacía referencia a la existencia -para mi bastante clara- de unos seres a quienes yo llamaba los enanitos invisibles, bastante juguetones ellos y de quienes tengo la evidencia de su responsabilidad en aquellos hechos aparentemente inexplicables que ocurren muchas veces en nuestras casas, sobre todo aquellas ocasiones en que, sin que nadie sepa como, cambian los objetos de lugar y no se encuentran en donde recordamos haberlos dejado.

     También yo les atribuyo la consecución -a veces- de aquellos deseos nuestros que ocultamente teníamos en el subconsciente y por los que hemos manifestado en alguna ocasión nuestra preferencia o necesidad. Aquí yo tengo bastante claro que los enanitos invisibles atrapan nuestros mas íntimos anhelos y los ocultan bajo la baldosa de los deseos de nuestro domicilio, donde quedan ocultos y solo en algunas ocasiones son vueltos a sacar a la luz por los enanitos invisibles, al mismo tiempo que procuran que  nuestros deseos se conviertan en realidades tangibles.

Ahora ha llegado el momento de confesarme con todos vosotros del porqué de mi auténtica certeza en cuanto a su existencia. La verdad es que yo tengo contacto con ellos, en  especial con uno de ellos en concreto, llamado Samuel de quien nuestra relación me había sido hasta ahora obligado a mantener el mas estricto silencio. Sin embargo ha llegado el momento en que Samy, - como yo le llamo en la intimidad- me ha dado permiso para poder contar a los niños (pero solo a los niños que tengan intacta su maravillosa ingenuidad) no solo nuestra relación sino que también pueda yo contar las andanzas que este simpático ser ha conocido a lo largo de una vida de mas de cuatrocientos años y de la que me ha ido relatando algunos de los episodios mas interesantes ocurridos en su entorno o de los cuales él ha sido uno de los principales protagonistas.

En esta primera entrega os voy a describir unos cuantos rasgos -de los mas esenciales- de este simpático enanito, para que os vayáis haciendo a la idea de cómo es él, no solo en el aspecto físico sino también en cuanto a sus costumbres, pequeñas manías, extraordinarias facultades y otros aspectos interesantes. Además también os contaré ahora una pequeña anécdota que él me narró el primer día en que nos pudimos relacionar normalmente, pues hasta aquel momento yo tenía una idea mas o menos afianzada de su posible existencia, la que quedó confirmada en una fecha gloriosa para mi vida.

Lo conocí exactamente el mismo día en que yo cumplía los cincuenta años, el 21 de enero del año 1989. La verdad es que  eso de llegar a tener medio siglo de vida es muy importante para cualquiera y para mi no lo iba a ser menos. Estaba yo ante el espejo del cuarto de baño intentando averiguar un extraño caso ocurrido en aquel instante: no era posible encontrar mi cepillo de dientes, cuando yo estaba completamente seguro de haberlo dejado en el tercer cajón del mueble del cuarto de baño, como siempre hago.

Harto ya de buscar por todos los cajones del mueble, en una de mis miradas al espejo veo pasar fugazmente una especie de sombra muy rápida, que a mi me pareció semejante a un pequeño gnomo. Por supuesto que en un primer momento no di crédito a mis ojos y pensé que seguramente aquella visión había sido producto de mi imaginación o del posible estado somnoliento que se tiene a esa temprana hora. Unos segundos mas tarde vuelvo a ver en el espejo al misterioso ser, pero ahora ya con mas tranquilidad observé que llevaba sobre los hombros mi cepillo de dientes e instantes después de su segunda aparición y desaparición veo que, sobre el mármol del aseo y junto al vaso de enjuagarse, estaba mi amarillo cepillo de dientes, tan campante, como si hubiese estado allí siempre.

Tengo que confesar que estuve largo rato cavilando y muy preocupado por haber tenido aquella especie de visión tan extraña. Llegué incluso a pensar que aquel suceso pudiera atribuirse a algún principio de demencia senil que me aquejase, aunque por mi edad no parecía muy probable, pero nunca se sabe las malas pasadas que te puede jugar el organismo.

Así estaba yo sumido en mis cavilaciones cuando -por tercera vez-  volví a ver en el espejo al pequeño ser causante de mi preocupación y además, en esta ocasión, también pude escuchar muy claramente –aunque muy bajito, eso si- sus primeras palabras:

-No te preocupes Rafael, que no estás loco, solo es que por casualidad has podido ver mi imagen, una circunstancia que muy pocas personas pueden realizar.

Y aquí comenzó un diálogo entre los dos, cada uno a un lado del espejo, o mejor dicho, yo hablando con su imagen reflejada en el espejo y durante el que me contó una serie de cosas que os resumo a continuación.

Me aclaró que pertenece a una rara especie de gnomos muy pequeñines, de apenas veinticinco centímetros de altura que existen en todas las casas de los humanos. Esta especie de enanitos son normalmente invisibles para las personas y sólo pueden manifestarse a la vista de ellas en muy raras ocasiones, una sola vez al año y coincidiendo precisamente con alguna festividad muy importante para el humano en cuya casa residen.  En esta ocasión había ocurrido precisamente el día de mi cumpleaños, pero en otras ocasiones posteriores el suceso tuvo lugar en fechas también importantes, aunque distintas al cumpleaños.

También me informó de que esta manifestación visual solo se puede lograr por personas muy especiales, que deben poseer una personalidad muy sensible a las cosas infantiles y sobre todo, interés y mucha voluntad por tratar de investigar las causas de los sucesos extraordinarios que suceden a menudo en la vida normal. Otra característica notable es que la visión de los enanitos invisibles sólo se podrá realizar a través de un espejo, puesto que la imagen real de ellos no resulta posible que la veamos los humanos. Me figuro que todos conoceréis esa característica que tienen los vampiros, de que no es posible ver su imagen reflejada en un espejo; pues con los enanitos invisibles sucede justamente todo lo contrario: la única imagen que se puede ver es la reflejada en ellos. Además, su voz  resulta un poco difícil de oír, debido a que por su pequeño tamaño emiten sus palabras en un tono muy bajito.

También me informó de esas dos características que ya os he contado: una es la de guardar nuestros deseos en una baldosa secreta de nuestra casa y la otra la de gastarnos pequeñas bromas, escondiendo nuestras pertenencias para que luego aparezcan en lugar distinto al que nosotros las habíamos dejado. De esto me confesó que no siempre es exacto, pues en multitud de ocasiones ellos no mueven las cosas de su sitio y lo que ocurre es que nosotros olvidamos muchas veces en que lugar dejamos nuestros objetos, con lo que se les achacan muchos traslados que ellos no han realizado.

 Por cierto que puso en mi conocimiento una pequeña anécdota que fue la que me hizo comprender definitivamente que algunas cosas aparentemente inexplicables pueden resultar comprensibles si en ellas aplicamos un poco de fantasía e imaginación.

Me contó con aquella voz suya tan bajita que en cierta ocasión, hace ya muchísimos años -allá por el año 1618-, un niño estaba desesperado observando como se iban a llevar a su padre detenido por no haber podido pagar los impuestos reales que en aquella época se tenían que abonar todos los años a los recaudadores del rey Felipe III de España.  El chiquillo estaba dando patadas al suelo de tanta rabia que le daba aquella injusticia y, como por arte de magia, apareció de repente     -ante los sorprendidos ojos del chaval- un puchero de barro que estaba semienterrado allí mismo, el cual contenía en su interior catorce monedas de plata, que eran justo la cantidad que había de pagarse por los impuestos. Rápidamente fue el muchacho con las monedas a rescatar a su padre de manos de los recaudadores y así consiguió liberarle de una segura prisión.

El sorprendido padre indagó de su hijo la procedencia de aquellas monedas y cuando éste le indicó el lugar donde había aparecido el puchero de barro, comprobaron con grandísima alegría que en su interior contenía otras catorce monedas más, con las que pudieron alimentarse adecuadamente una buena temporada. Lo mas curioso de este caso es que el puchero se reponía otra vez con la misma cantidad de monedas todos los meses del año, así es que a partir de entonces ya no tuvieron que pasar nunca mas por las estrecheces de la pobreza.

Ni que decir tiene que Samuel me aclaró que las mencionadas monedas habían sido allí colocadas por él mismo y que siempre que veía que resultaban necesarias, Samy se encargaba de conseguirlas por distintos medios, ya que se valía de su pequeño tamaño y de su invisibilidad para colarse en los almacenes de dinero de los recaudadores y extraía de allí cuantas monedas le venían en gana.

Estábamos allí en esa conversación cuando escuchamos un ruido procedente del pasillo; era mi esposa quien se acercaba en esos momentos y Samuel -al oír el ruido- desapareció al instante y me dejó con ganas de enterarme de mas aventuras suyas. Yo me quedé disimulando y me dispuse a afeitarme con la mayor tranquilidad. Mi esposa me preguntó si había estaba hablando yo solo o que pasaba, pues le había parecido escucharme, a lo que la tranquilicé diciendo que efectivamente había estado yo recitando una poesía en voz alta y para mi sólo.

Así acabó el primer encuentro con mi especial amigo Samy, a quien no volví a ver hasta el año siguiente y también en una fecha memorable para nosotros. Pero esto ya os lo contaré en el próximo episodio. 

         Escrito por RAMAMAЯ          

         en Madrid, el 9 de mayo del 2005

 

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