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EL HOMBRE VIEJO DE LA CASA VIEJA A mis nietos, Daniel, Celia y Raquel Esta historia me fue narrada por Timoteo, el “enanito invisible” que mora en nuestra casa de Madrid. Hasta el año 1994 y, aunque yo sospechaba de su existencia, no había tenido la seguridad de su presencia, pues al igual que en nuestra casa de verano de la sierra (donde conocimos a Samuel), en nuestra casa de Madrid también ocurrían las mismas desapariciones y apariciones espontáneas de cosas que cambiaban de lugar inexplicablemente, así es que, desde que tuve la ocasión de conocer a Samuel corroborando mis ideas al respecto, también pensaba que en cualquier momento se me iba a manifestar el enanito invisible de mi otra vivienda. En efecto, en otra fecha muy importante de nuestras vidas, concretamente el día 30 de julio de 1994, tuve ocasión de conocer a Timoteo, cuya imagen (reflejada en un espejo, como es natural) se me presentó de repente justo cuando yo me estaba preparando para asistir a la boda de mi hijo Rafael. La boda entre Elena y Rafael estaba prevista para celebrarse a las doce de la mañana en la Basílica de Nuestra Señora de Atocha y esa mañana yo me había levantado muy temprano para hacer unas cosillas pendientes que debía preparar antes de la ceremonia. Entre otras cosas, y en previsión de la mas que probable aglomeración en el cuarto de baño para los respectivos acicalamientos, procedí bien tempranito al obligado rito de afeitado y ducha.
No pareció extrañarse de nuestro primer encuentro visible y en seguida procedimos a las respectivas presentaciones. Le indiqué mi relación con Samuel, a quien manifestó conocer solo superficialmente por haber coincidido en las reuniones que todas las noches del 28 de diciembre de cada año tienen los “enanitos invisibles” españoles en las cercanías del Cerro de los Ángeles, que es el centro geográfico de España.
Además de decirme su
nombre, Timoteo me explicó que vivía en el edificio de mi casa desde que
lo terminaron de construir en el año 1977. Hasta entonces había habitado
en un edificio muy antiguo que todavía existe (casi en ruinas) en el
Paseo de la Infanta Isabel, en la esquina con la calle Alfonso XII de
Madrid. Se había marchado de Parece ser que este señor habría nacido en Andalucía por los años finales del siglo XIX, concretamente en la ciudad de Córdoba y, como a todo buen cordobés, le habían puesto por nombre Rafael, que es el patrono de aquella ciudad. Allí pasó su infancia y juventud sin que sepamos gran cosa de su vida, hasta que quedó huérfano a la edad de dieciocho años y pudo conseguir hacer lo que siempre había soñado: irse a vivir a la capital. Vendió todo su patrimonio, que era ciertamente importante, pues le tocó como herencia una preciosa finca rústica bastante grande plagada de olivos y por la que consiguió un sustancioso capital. Este dinero hizo que en el Banco se lo cambiasen íntegramente por monedas de oro de veinticinco pesetas (de las que tienen la efigie del rey Alfonso XII cuando era joven) y, metiéndolo todo en una talega de lona fuerte, lo introdujo, junto con toda su ropa, en un gran baúl de madera forrado de cuero y con ello se fue a Madrid, donde viviría el resto de su vida.
Estuvo unos meses
viviendo en un hotel de poca categoría situado muy cerca de la Puerta
del Sol, hasta que encontró un empleo como amanuense en el despacho de
un importante notario en la calle del Arenal. Le dieron aquel empleo gracias a que, además del bachillerato, Rafael tenía una gran cultura y muy buena ortografía por ser un gran aficionado a la lectura. Además, escribía con una preciosa caligrafía, cualidad muy apreciada en las notarías, pues los importantes documentos que allí se redactan, deben tener una letra muy legible y sin faltas de ortografía. Téngase en cuenta que estamos hablando de una época en la que aún no existían las máquinas de escribir ni los ordenadores, con lo que todos los documentos eran escritos a mano. Para entonces, Rafael ya había encontrado un pisito de alquiler a su gusto y medida, pequeño pero con unas magníficas vistas. Desde sus dos balcones del cuarto piso letra F, (situado en la fachada de la calle Alfonso XII), divisaba una estupenda perspectiva de casi toda la fachada lateral de la estación de Atocha, por la derecha divisaba casi hasta los muros del Jardín Botánico y justo enfrente tenía la entrada del Museo Etnográfico. El precio del alquiler era bastante asequible y con su sueldo de la notaría tenía lo suficiente para afrontar una vida que, como la suya, era muy tranquila y ordenada.
Como tenía un salario decente y sus necesidades eran sencillas, en realidad su pequeño capital de monedas de oro no le resultaba preciso para su subsistencia, así es que solo echaba mano del talego para sacar alguna moneda cuando tenía que ayudar a algún necesitado. En sus paseos por el parque, a veces solía encontrarse con algún pordiosero dormido sobre un banco de madera y entonces Rafael echaba mano a su bolsillo para sacar una moneda de oro, que introducía disimuladamente en algún bolsillo del indigente, procurando que sus actos de caridad quedasen siempre de incógnito. Allá por los años treinta y tantos, en tiempos de la Segunda República, no tuvo inconveniente alguno en alojar en su casa y proveer de ropa y alimentos a dos frailes (uno de ellos era conocido suyo por ser también de Córdoba). Estos religiosos habían salvado la vida de milagro cuando unos desalmados, invadidos por sus radicales ideas anticlericales, se habían dedicado a incendiar iglesias y conventos, matando a los religiosos y religiosas que encontraban. Rafael no tuvo inconveniente en tener a estos dos frailes escondidos en su casa y alimentarlos durante casi ocho meses, hasta que se calmaron los ánimos y los religiosos pudieron salir a la calle sin peligro, para marchar a alojarse en otro convento que su congregación poseía en Navarra.
Mientras tanto, su mujer y sus dos hijos (un niño de cinco años y una niña de tres), no tenían medios de subsistencia. Recién enterado Rafael de su penosa y desgraciada situación, procedió a hacerles llegar una de sus monedas de oro, que metió en un sobre blanco e introdujo de noche por debajo de la puerta de sus vecinos. Mas o menos cada mes y medio o dos meses, llegaba puntualmente una moneda de oro a poder de sus vecinos por el mismo procedimiento y gracias a esa importantísima ayuda pudieron seguir adelante, sin pasar demasiados apuros en aquellos tristes momentos. Mas tarde, cuando el marido regresó, continuó con su ayuda hasta que el pobre hombre consiguió encontrar un puesto de maestro en un pueblecito de la provincia de Soria, donde marchó con toda su familia y ya no volvimos a saber nada más de ellos. Estos detalles indican la calidad de nuestro amigo Rafael, quien, como si fuera otro “enanito invisible”, procedió a lo largo de toda su vida a procurar que los demás lograsen alcanzar sus necesidades y deseos, ayudando a cuantos pudo y además, siempre de forma anónima y desinteresada. Así llegó a ancianito y ya en el año 1975 (el mismo año en que murió Franco), falleció de repente por un ataque al corazón, casi sin darse cuenta ni sufrir en absoluto.
Hasta aquí, la historia de Rafael, pero Timoteo me hizo la promesa de seguir contándome nuevas historias en otras importantes ocasiones de acontecimientos muy relevantes de mi vida.
RAMAMAR Las Zorreras, 24 de septiembre de 2006
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