Mis cuentos infantiles

 

 

Inicio

Aficiones

Mis cuentos y relatos

Galerías de fotos y pinturas

Sitios favoritos

Comentarios

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

 

 

UN FINAL FELIZ

 

A mis nietos, Daniel, Celia y Raquel

 

Esta nueva historia me fue narrada por mi amigo Samuel en la mañana de otro día inolvidable. Se trataba del día 19 de marzo del año 1994, justamente el día en que mi hija Susana cumplía los primeros 27 años de su vida y además era el  día super-especial que había elegido para contraer matrimonio.

La ceremonia se iba a celebrar en la Ermita del Cerrillo, perteneciente al municipio de Galapagar y muy cerquita de nuestra casa de verano en Las Zorreras.

Allí estaba yo en mi dormitorio peleándome con el nudo de la corbata para que me quedase lo mas aparente posible. Téngase en cuenta que yo era el padrino de la boda y, aparte de los novios, mi figura iba a ser bastante vista en el evento.

Entonces fue cuando apareció Samuel en el espejo del dormitorio, quien, además de felicitarme por la ocasión, me expresó su intención de narrarme la historia de un suceso acaecido en el pueblo de Galapagar a finales del siglo XIX y que, por su contenido, resultaba bastante oportuna en aquella venturosa ocasión. Como es natural, yo le expresé mi inquietud por si acaso aquella aventura fuese muy extensa y podría ser conflictiva en aquel preciso momento.

En seguida me tranquilizó Samuel, indicando que se trataba de una cortita, pero enjundiosa historia, así es que me dispuse a escucharle con la mayor atención. Esto es lo que me contó:

 

“A finales del siglo XIX vivía en una finca cercana a Galapagar un joven jornalero llamado Antonio, quien por entonces tendría mas o menos los dieciocho años. Como casi todos los obreros de por entonces, no era especialista en ningún trabajo en particular y lo mismo cuidaba el ganado, que cavaba una zanja para drenar las aguas de lluvia, que arreglaba las piedras caídas de la valla que rodeaba el amplísimo perímetro de aquella finca, (la que tendría por lo menos veinte kilómetros de largo) y en donde pastaban a su placer una gran cantidad de reses bravas, que era el principal negocio del rico ganadero dueño de aquellas tierras.

Precisamente se encontraba aquella tarde arreglando la valla mas alejada de la zona norte de la finca cuando, de improviso, le sorprendió el ruido de los cascos de un caballo que cabalgaba a una gran velocidad en las inmediaciones. Antonio, que estaba agachado en ese momento, se incorporó bruscamente en su lugar de trabajo para investigar la procedencia de aquel estruendo; fue entonces cuando el caballo se sorprendió grandemente con la presencia del jornalero y realizó un extraño y brusco movimiento que hizo caer al jinete que lo montaba y dar con sus huesos en el suelo.

Entonces fue cuando Antonio descubrió que no se trataba de un jinete, sino de una guapísima amazona la que había caído del caballo y de que, además, estaba dando muestras de un gran dolor, agarrándose con las manos el tobillo de su pierna derecha. Aunque nunca había hablado anteriormente con ella, la reconoció al instante: era la hija de Don Ulpidio, el administrador de aquella finca y que era la persona que prácticamente hacía y deshacía en aquellos parajes, pues los dueños estaban casi siempre en la capital.

Preocupado por las consecuencias de aquella caida, Antonio fue en seguida a ofrecerle su ayuda y, en vista de que el caballo había salido huyendo de allí y como la joven no podía andar nada de nada, decidieron que Antonio la llevaría a horcajadas (como si fuera un caballito) hasta el caserío de la finca, donde podría ser mejor atendida. Así lo hicieron y, aunque Antonio era un chico robusto y la muchacha (quien por cierto se llamaba Leonor) era de cuerpo mas bien delgado para lo que en aquella época se estilaba, después de recorridos unos cuantos kilómetros ya estaba el pobre muchacho tan escaso de fuerzas que se vio obligado a hacer una parada junto a un gran fresno que crecía por aquellos parajes.

Fue allí donde les encontraron Don Ulpidio y cuatro peones mas de la finca, puesto que, al ver llegar el caballo de Leonor sin su amazona, se temieron lo peor y organizaron rápidamente una batida para buscarla.

Días mas tarde, Don Ulpidio llamó al muchacho para agradecerle su intervención y le ofreció como recompensa una moneda de oro, (de esas que llevaban el busto de Don Amadeo de Saboya, un rey italiano que reinó en España una corta temporada). Antonio agradeció el detalle, pero insinuó a Don Ulpidio que le hubiese gustado mejor el tener la oportunidad de poder aprender a leer, escribir y hacer cuentas con los números; conocimientos que no había podido adquirir hasta el momento, por proceder de una familia muy humilde y haber tenido que trabajar desde muy temprana edad.

No le pareció mal la idea a Don Ulpidio, quien dio todas las facilidades al muchacho para que dedicase todas las tardes dos horas a asistir a unas clases impartidas por Don Tirso, el maestro del pueblo cercano de Galapagar y con quien Don Ulpidio mantenía una buena amistad. Allí era llevado todos los días Antonio, en un carruaje tirado por un caballo de la finca y casi siempre acompañado por Leonor, quien, con la disculpa de ir a ver a unas amigas en el pueblo, aprovechaba la ocasión para ir charlando por el camino con su salvador Antonio, al que consideraba como un atractivo y simpático joven (como ella le definía ante sus amigas).

En muy poco tiempo, Antonio adquirió una gran cantidad de conocimientos, pues puso mucho empeño y además resultó un muchacho muy inteligente. Tanto fue su aprovechamiento, que Don Tirso se lo recomendó a los dueños de la finca, quienes, después de comprobar las dotes del muchacho, le nombraron capataz al  mando de todos los obreros que trabajaban allí. También entonces entró en conocimiento con la hija de los dueños, una chica muy estirada llamada Linda, que solo tenía de linda el nombre, pues era mas bien feucha, pero eso no fue inconveniente para Antonio, que dispuesto a prosperar, no tardó mucho en cortejarla, consiguió hacerse su novio y un poco mas tarde su prometido formal para casarse.

Leonor, mientras tanto, que en su momento había llegado a ilusionarse mucho con Antonio, sufrió tanto al ver que perdía a su posible amor, que despechada se fue a un convento de monjas y mas adelante a unas misiones que aquellas monjas tenían en la India. No logró olvidarse de su desilusión y su avinagrado mal carácter la hizo estar siempre malhumorada. Quienes pagaban el pato eran los pobres huérfanos a quienes debía atender con cariño, pero que solo sacaban de ellas malas palabras y algún que otro pescozón. Este mal carácter la acompañó hasta el fin de sus días, que fueron cortos debido a una grave enfermedad que contrajo (la malaria) y que en pocos días la llevó a la tumba.

Mientras tanto, Antonio se había engreído tanto con el puesto de privilegio que había obtenido, que no dudaba en maltratar a los obreros que antes habían sido sus compañeros de trabajo y que ahora renegaban de él a todas horas.”

 

En ese momento yo le dije a Samuel:

       -Pero oye… ¿No decías que esta historia tenía un final feliz?

 

“Pues bueno, ahora verás, -me dijo Samuel-, Antonio no tuvo precisamente un final feliz, ya que cayó en la tentación de apoderarse de un dinero de sus futuros suegros y le pillaron con las manos en la masa. Fue despedido y se tuvo que marchar de allí con el rabo entre las piernas. Creo que terminó marchándose a Cuba y allí quedó para siempre, como uno mas de los soldados españoles que murieron en aquella guerra.

Quien sí tuvo un feliz final fue su ex-prometida Linda, -la hija de los dueños-, quien encontró la felicidad junto al hijo del panadero de Galapagar y quienes también tuvieron un final feliz fueron los pobres niños huerfanitos de la India, pues al fallecer Sor Leonor del Niño Jesús (que así se hizo llamar Leonor al profesar como monja) les adjudicaron otra dulce y cariñosa monjita que fue para ellos como un ángel venido del cielo.

Bueno, hasta aquí la historia que te quería contar: espero que tengáis un feliz día.”

 

Y yo salí arreando, pues ya me estaban esperando para salir hacia la Ermita del Cerrillo.

 

RAMAMAR

Las Zorreras, 27 de agosto del 2006

 Cuadro de texto: Ir al índice de cuentos cuentos

 Cuadro de texto: Subir