Mis cuentos infantiles

 

 

Inicio

Aficiones

Mis cuentos y relatos

Galerías de fotos y pinturas

Sitios favoritos

Comentarios

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

 

 

 

 

 

 

UN CASTIGO INMERECIDO 

A mis nietos, Daniel, Celia y Raquel 

La siguiente historia me la contó Samuel el día 17 de junio de 1996, una tarde en que yo acababa de regresar de mi trabajo  y precisamente estaba solo en casa, pues mi esposa había tenido que marchar a Oviedo para asistir al nacimiento de Daniel, nuestro primer nieto; así es que, tal como me había indicado Samuel en nuestro primer encuentro, también su aparición coincidía con una importante fecha en nuestras vidas.

Al iniciar nuestra conversación, hice saber a Samuel la circunstancia y motivos de mi soledad, por lo que teníamos tiempo para charlar sin ninguna interrupción y, cuando se enteró de que mi nieto Daniel acababa de nacer en Asturias, me dijo que casualmente recordaba en ese momento una aventura que hace algún tiempo le había narrado un amigo suyo, -también enanito invisible como él mismo-, llamado Santi y que moraba precisamente en Asturias, pero no en Oviedo, sino en Gijón, en la torre de la iglesia de la anteriormente llamada Universidad Laboral, que ahora tiene otro nombre que no me acuerdo, pero a la que los asturianos, y sobre todo los gijoneses, siguen llamando cariñosamente “La Laboral”.

Allí en su torre, (que en total tiene mas de cien metros de alta) vive Santi, tres pisos por encima del reloj y desde allí goza de unas excelentes vistas sobre todo aquel bonito entorno.

Tal y como me lo iba describiendo Samuel, su amigo Santi era un enanito invisible de los mas bromistas que conocía y me contó un montonazo de fechorías en las que Santi había sido el culpable o por lo menos el causante principal. La tenía tomada sobre todo con una de aquellas monjitas clarisas que estaban allí encargadas de que todo aquello funcionase mejor, como por ejemplo las cocinas, los comedores y la lavandería. Sin embargo los padres jesuitas, por aquella época, eran los encargados de la dirección del centro y también constituían el profesorado principal.

La pobre Sor Juana del Niño Jesús, no podía con su asombro al ver que le desaparecían las pastillas de jabón que ella guardaba con tanto celo para distribuirlas en los aseos de los chavales cuando fuesen necesarias. Tampoco se podía explicar como disminuían de tamaño los enormes paquetes de galletas “María” que guardaba bajo llave en una alacena de la despensa; ella hubiese jurado que se las robaban los chiquillos, pero prácticamente parecía imposible que pudiesen acceder a su despensa con tanta facilidad.

Quien tampoco las tenía todas consigo era uno de los jesuitas de la “Laboral”, llamado el padre Hueto, (su nombre completo era don Ramón Hueto Fernández) que impartía clases de educación física todas las mañanas de ocho a nueve y que no podía explicarse la cantidad de veces que le desaparecía el pito que llevaba casi siempre colgado al cuello. Este pito era usado principalmente para impartir las órdenes en las marchas y desfiles por el grandísimo patio central y que le oyesen bien los alumnos sin necesidad de gritar y desgañitarse. Había establecido su propio código de pitidos y ya era conocido de sobra por todos que, cuando daba varias series de cuatro pitidos cortitos era la orden de alinearse en filas ordenadas “de a cuatro”; un pitido corto seguido de otro largo, era señal de ponerse en marcha; pitidos rítmicos, indicaban la continuidad de la marcha y el ritmo deseado por el “profe”; cuando daba un largo pitido (que empezaba suavemente y terminaba muy fuerte y de golpe) había que pararse inmediatamente; también en los movimientos precisos de la gimnasia sueca (con los que inevitablemente terminaba la clase diaria) se imponía la obediencia a golpe de pitido.

Pues bien, el pito del padre Hueto era objeto de frecuentes desapariciones (casi siempre por culpa de nuestro amigo Santi) y había obligado a su propietario a comprarse hasta media docena de aquellos indispensables objetos, que llevaba en el hondísimo fondo del bolsillo izquierdo de la sotana, obligándole a agacharse bastante cuando tenía que buscarlos por allí.

Fue precisamente con este profesor de educación física con el que ocurrieron las dos notables anécdotas que hoy os voy a contar. Resulta que en la primavera del curso 1956-57, avisaron al padre Hueto de que estuviese preparado para un determinado sábado por la mañana, pues después de la misa de nueve se iba a recibir en el centro la visita de un ilustre muchacho: se trataba nada menos que de Juan Carlos de Borbón, quien previsiblemente sería el futuro rey de España  para cuando las cosas cambiasen de rumbo en nuestro país. El príncipe se hallaba por aquellas fechas cursando estudios como cadete de la Academia Militar de Zaragoza y entre sus actividades, estaba programada la visita a la Universidad Laboral de Gijón para aquel sábado precisamente. Llegaría sobre las diez de la mañana, acompañado también por cinco o seis compañeros de estudios.

El padre Hueto fue comisionado para organizar un partidillo de fútbol a competir entre los ilustres visitantes contra un combinado seleccionado entre los mejores alumnos del centro. Además a continuación se podrían organizar diversas competiciones deportivas, sencillas y rápidas para no agobiar a nadie. Eso sí, advirtieron al padre Hueto que procurase aleccionar a sus muchachos de la conveniencia de dejarse ganar por los visitantes y, sobre todo, de que a toda costa se mantuviese intacta su integridad física. Nada de patadas malévolas, ni de empujones mal intencionados. Era muy importante que el príncipe y sus acompañantes marchasen de allí contentos y satisfechos por haber pasado un buen día.

Todo iba saliendo bien y comenzó el partidillo con la programación prevista; antes de cinco minutos ya se habían adelantado los visitantes en el marcador y a los diez minutos ya iban ganando por tres goles a cero. Entonces fue cuando intervino nuestro enanito invisible Santi: de improviso le dio un fuerte pellizco en el trasero a Moncho Fernández, un fornido muchachote asturiano que en aquellos  momentos llevaba el balón; Moncho se sintió agredido y, para quitarse el balón de en medio mientras se volvía a divisar a su agresor, propinó al balón un fortísimo patadón, con tan mala fortuna que el balonazo fue a dar nada menos que en pleno rostro del príncipe Juan Carlos, quien al momento empezó a sangrar por la nariz.

Se organizó el consiguiente guirigay y en seguida fue conducido el príncipe a la enfermería, donde se recuperó rápidamente y, para que nadie pensase que el futuro rey de España era un debilucho muchacho, en vez de dejar el juego, decidieron continuar con la programación deportiva.

Fue durante una competición de “tirar de la cuerda” cuando se produjo el posterior incidente. El príncipe y sus acompañantes cadetes se pusieron en un extremo de la soga mientras que un grupo equivalente (mas o menos) de alumnos de la Laboral se agarraban del otro extremo. Empezó el juego de fuerza y, estando los muchachos en plena tensión, nuestro amigo Santi hizo cosquillas a dos de los componentes del equipo de la Laboral, quienes se soltaron de la soga y provocaron que inopinadamente todo el peso de fuerza recayese en la parte de los visitantes. Estos ganaron la competición, pero a costa de que uno de los cadetes resultase lesionado en un tobillo, al caer el príncipe Juan Carlos con todo su peso encima de su pierna.

Aquí ya si que terminaron -de una vez por todas- aquellas competiciones deportivas. El cadete fue atendido y convenientemente vendado, para protegerle de un esguince de tobillo que le tendría inactivo unas cuantos días y un poco mas tarde se marchó la comitiva del centro, no sin escuchar de boca del director (un jesuita con mucha mala leche, según decían los que le conocían bien) toda clase de disculpas por los pequeños incidentes, como él mismo los definía con sus balbuceantes palabras.

Con quien ya no estuvo tan balbuceante fué, un poco mas tarde, con el pobre padre Hueto, quien tuvo que escuchar una durísima reprimenda y a quien obligó a buscar responsables a quienes castigar.

Así lo tuvo que hacer el profesor de educación física, quien obligó a Moncho Fernández  y a otros tres alumnos mas -de los que participaban en el tiro de la cuerda-  a realizar un especial tabla de gimnasia que les dejó con agujetas para un par de días.

Este castigo se lo hubiese tenido que aplicar a un enanito invisible llamado Santi, pero aquel señor no tenía ni la menor idea de su existencia.

 

RAMAMAR

Las Zorreras, 1 de septiembre del 2006

 

 

 

 

 

 

 Cuadro de texto: Ir al índice de cuentos cuentos

 Cuadro de texto: Subir