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LA RANA QUE TENÍA PELO Cuadro de texto: Subir

      A mis nietos Daniel, Celia y Raquel    

Esta si que es una historia casi increíble, pues estamos hartos de oír, siempre que nos referimos a cosas imposibles, que tal o cual cosa ocurrirá cuando las ranas críen pelo.

 

         Esto que parece imposible en la vida real, no es tan impensable en los cuentos, ya que jugamos con la fantasía y lo mismo que nos parece de lo mas normal el que un cerdito pueda hablar o el que un muñeco de madera pueda convertirse en un niño de verdad, tampoco nos parecerá irrealizable lo que le ocurrió a la rana protagonista de nuestro cuento.

 

         Todo empezó cuando una bonita rana, a quien sus parientes conocían como Sebastiana, empezó a tener ideas muy raras, pues nada mas y nada menos la dio por pensar en el hecho de que, si muchos animales tenían el cuerpo protegido con pelos (como los mamíferos en general), otros lo tenían con plumas (como por ejemplo las aves) y otros con escamas (tal como los peces), era un fastidio que las ranas no tuviesen ninguna de estas protecciones y tuvieran el cuerpo desnudito.

 

         No la servía para nada el que sus parientes la dijeran que con el cuerpo desnudo se nadaba mejor, ya que ella les ponía el ejemplo de los peces, que con sus escamas eran capaces de nadar mejor y mas rápido que cualquier rana del mundo.

 

         También intentaban consolarla diciendo que las plumas serían un estorbo para dar saltos y atrapar a las moscas que pasan volando. La rana Sebastiana les contestaba diciendo que los pájaros insectívoros, como por ejemplo las golondrinas, tenían mucha ventaja en el arte de cazar moscas al vuelo. 

 

         En cuanto al hecho de tener pelo como los mamíferos, solo se podían apreciar ventajas en este asunto. El pelo les sirve para protegerse de multitud de peligros para su cuerpo, como por ejemplo el roce contra cualquier cosa que pinche o corte y además tiene la ventaja importantísima de servir de abrigo y así no tener problemas con los fríos del invierno.

 

         O sea que la pobre Sebastiana no estaba en absoluto de acuerdo con la Madre Naturaleza en cuanto al reparto de aptitudes a los animales de su especie y siempre estaba quejándose de tal circunstancia.

 

         Ella por su parte también estuvo haciendo pruebas al respecto y ya en alguna ocasión intentó colocarse un montoncito de plumas que encontró en el interior de un nido de grullas que ya habían abandonado sus ocupantes. Se pegó lo mejor que pudo las plumas en las patas y en la espalda e intentó dar un vuelo cortito aprovechando la potencia de su salto. El vuelo terminó en un golpetazo contra unas cañas del pantano donde vivía.

 

         También intentó meterse dentro de un aparente abrigo de pelo que se encontró; este abrigo había pertenecido a una anciana ardilla que había muerto atropellada por un coche y es todo lo que quedaba de ella después de que el resto de su cuerpo fuese aprovechado por las urracas, hormigas y otros animalillos que pasaron por allí.

  

         Se acopló como pudo dentro de aquella piel intentando adaptarla lo mejor posible a su cuerpo de rana. Aparte de que la venía muy grande el traje, no había forma de apañarse con aquella ropa tan tiesa y  estuvo a punto de ser también atropellada por otro coche, al que esquivó gracias a que la dio tiempo a dar un salto grandísimo y se libró por los pelos. Mejor dicho, estuvo a punto de morir por los pelos (los del traje que tan inoportunamente llevaba).

 

         Con el tema de probar con las escamas de pez, ni siquiera lo intentó después del susto tan grande que había tenido con su última experiencia.

 

         De todas formas, en el poquito rato en que Sebastiana estuvo llevando el traje de ardilla, fue vista por una cigüeña que pasaba por allí buscando ranas para comer y quien se quedó extrañadísima de lo que vio y luego fue por todo el valle diciendo que había visto una rana con pelo. Este hecho fue lo que dio origen a la leyenda de una rana que tenía pelo y también a que todas las amigas de la cigüeña la llamasen mentirosa, pero esto ya es tema de otro cuento.

   RAMAMAR      La Vila, 30 de marzo de 2002

  

Casi 8 años después de haber escrito este cuento, me encuentro en una calle de Madrid con este rótulo que preside la fachada de un comercio de moda.

No sé si los dueños habrán leído mi cuento o se trata de una simple y pura coincidencia, pero en todo caso resulta muy curioso el hecho.

 

 

                                                                                          

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