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Foto tomada en julio de 1999 PIOPIO Y PILUCHI A mis nietos Daniel, Celia y Raquel El relato que viene a continuación no es un cuento precisamente, pues en él no hay nada inventado, ni se presentan anécdotas moralizantes, ni nada por el estilo; es mas bien una historia de unos hechos sucedidos realmente y si he optado por escribirla, es sólo con la intención de que mis nietos recuerden el día de mañana unos hechos acaecidos en su niñez y para que puedan volver a sentirse niños otra vez, rememorando aquellas palomas que nos llamaron tanto la atención. Vosotros ya sabéis a quien me estoy refiriendo, pues de sobras habéis conocido a Piopío y a Piluchi, pero para que también se enteren otros niños que lean estas páginas, vamos a relatar quienes son, como las hemos conocido y también algo de su vida. Os recuerdo que en el año 1999, allá por finales de la primavera o principios del verano, un día nos fijamos en que, en lo más alto del árbol mas alto de 7 Pinos, que es un cedro precioso de casi diez metros de altura, todas las tardes veíamos al anochecer como venía volando una paloma muy grande, a la que después veíamos acercarse muy sigilosamente a saltitos de rama en rama hasta una zona que quedaba oculta entre el ramaje. Recuerdo que un día yo no la había visto venir, pero que Daniel vino corriendo a decirme:” ¡Abuelo, abuelo, que hay una gallina en un árbol ¡”. Yo me acerqué en seguida a ver lo que me decía mi nieto y pude comprobar que era la paloma de todos los días. Habéis de saber que no me extraña que Daniel la confundiese con una gallina, pues se trataba en realidad de una paloma torcaz enorme, que pertenece a una familia de palomas que son las mas grandes de todas. Allá en lo alto se la veía grandísima y majestuosa y en seguida comenzó a cantar con una especie de arrullo, (que así se llama el canto de las palomas), con lo que me di cuenta rápidamente de que se trataba de una paloma macho que estaba arrullando a su compañera hembra, la cual seguramente se encontraba en su nido calentando los huevos. Se veía que estaba allí a su gusto y confiada, cosa rara entre esta clase de palomas, que procuran rehuir a los humanos por si acaso les hacen daño, como suele ocurrir mas a menudo de lo que podéis pensar. No es normal que se acerquen tanto a las personas ni a sus viviendas; son desconfiadas por naturaleza y resulta poco corriente verlas tan cerca y confiadas. Se conoce que no sabían nada de los antecedentes del dueño de la parcela, cazador de toda la vida y al que, muy pocos años antes, si se hubiese topado con ella en alguna de sus andanzas por el campo, no le hubiese costado apenas nada el sacar su escopeta y darles un buen susto. Tan confiadas estaban, que el macho no dudaba en bajar del árbol hasta una fuente de piedra situada en medio del jardín a beber agua tranquilamente, mientras yo le hacía alguna que otra fotografía como recuerdo. Pasó una pequeña temporada hasta que por fin pudieron verse a la pareja de palomas a la vez, pues se conoce que ya habían nacido sus hijitos-palominos y la madre se atrevía a dejarlos solos en el nido mientras ella y su pareja iban al campo a alimentarse adecuadamente y a traer en su buche bastante comida como para engordar a sus hambrientos hijos. En esa época, los viajes eran constantes de mañana y tarde y se les veía muy a menudo entrar y salir del árbol. Se conoce que sus hijitos estaban en pleno crecimiento y necesitaban comida constantemente. Solo descansaban al anochecer y entonces se les veía descansando, a la madre en una rama del centro del árbol y al padre en todo lo alto, se conoce que vigilando para enterarse en seguida de cualquier peligro que pudiera acechar a su familia. Fueron pasando los días y allá por el mes de julio, un día vimos con gran alegría que, en una de las ramas a media altura del árbol, estaban dos palomas algo mas pequeñas que sus padres, que aún conservaban entre su plumaje algunos plumoncitos blancos de los que tienen casi todas las aves cuando aún están en el nido. Una era algo mas grande que la otra, (pero muy poco más), por lo que pensamos que de los dos hermanos recién salidos del nido uno debía de ser macho y el otro, el mas pequeño, debía de ser una hembra. De todas formas, las dos palomas eran igualmente preciosas y muy mansas, pues no se asustaban en absoluto de nuestra presencia a pesar de que estábamos a menos de tres metros de distancia.
Foto tomada en agosto de 1999 Durante unos cuantos días, las veíamos siempre en la misma rama o en otra muy cercana, siempre a la sombra, donde acudían sus padres de vez en cuando y alimentaban allí mismo alternativamente a una u otra palomita, según la insistencia que pusieran en solicitar comida. La pareja de padres palomas, tampoco se asustaba de nuestra presencia y así podíamos disfrutar de un fantástico espectáculo nunca visto antes por nosotros, excepto en escenas semejantes de programas de la naturaleza en la televisión. Ahora podíamos contemplarlo en directo y a nuestro mismísimo lado. Mientras contemplábamos estas escenas, por decisión compartida entre todos, decidimos bautizar a las dos jóvenes palomas con los nombres de PIOPIO (al que nosotros considerábamos el macho) y PILUCHI a la paloma mas pequeña. Fueron nombres en seguida adoptados por nosotros y con ellos los distinguíamos a partir de entonces. A los padres solo los conocíamos como papá o mamá-paloma. Las palomitas siguieron allí haciéndose cada día mas fuertes y haciendo ensayos con movimientos de sus alas para ir cogiendo soltura; otras veces saltaban de rama en rama, se conoce que para ir midiendo distancias en sus pequeños saltos y hasta se atrevieron a bajar hasta el césped del jardín en sus primeros intentos de vuelo. Llegó el momento en que tomaron confianza en sus fuerzas y las vimos volar hasta el tejado de la casa y regresar al árbol con mucha soltura. Como tenía que suceder algún día, una mañana se fueron volando a otros campos mas lejanos y donde suponemos que aprenderían poco a poco a alimentarse ellas solas, sin depender de la comida que les llevaban los padres. Por una parte nos dio pena, pero por otro lado, también una gran alegría de que pudiesen valerse por si mismas. De todos modos, siempre al atardecer las veíamos otra vez posadas en distintas ramas de nuestro cedro, hasta que llegó la época de su emigración hacia el sur, en que ya las dejamos de ver totalmente. Aquí podría haber acabado la historia de Piopío y Piluchi, pero no fue así porque al año siguiente, allá por el mes de mayo del 2000, vimos también en nuestros árboles a unas palomas, esta vez solo eran tres, en lugar de las cuatro que emigraron el año anterior, pero allí estuvieron todo el tiempo, (primavera y verano), en un nuevo ciclo de su vida.
Foto tomada en agosto de 2000 En esta ocasión sólo vimos que nació una nueva palomita. Yo pienso que a lo peor alguna urraca les robó un huevo del nido o se les cayó al suelo por algún desgraciado accidente. En fin y como resumen, la nueva palomita hija creemos que saldría adelante como las del año anterior. Digo creemos porque no fuimos testigos de su desarrollo, ya que este año 2000 fue bastante complicado y no pudimos hacer nuestras observaciones tan a menudo como en el año anterior. El caso es que cuando pudimos regresar por 7 Pinos, ya había llegado la época de emigración y no volvimos a ver ese año a nuestra familia de palomas. El año 2001 también fue un poco complicado para poderlas observar con detenimiento, pero sí que tenemos la certeza de que han anidado allí. Sólo hemos visto a una de las palomas bajando al anochecer a descansar en nuestro cedro, pero si hubiésemos tenido ocasión, seguro que hubiésemos contemplado el desarrollo de un nuevo ciclo de vida naciente en nuestra parcela. Esperemos que en los próximos años podamos seguir contemplando este sencillo pero maravilloso espectáculo. RAMAMAR Madrid, diciembre de 2001
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Fotos tomadas en el verano del 2004 ![]()
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