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LA PELUCA DE MARIA ANTONIETA
A mis nietos Daniel, Celia y Raquel
o esperaba yo que aquel día, precisamente el 19 de marzo del año 1990 llegase a ser un día extraño para mí y sin embargo lo fue. Había yo casi olvidado mi primer encuentro con Samuel, el enanito invisible de mi domicilio y su repentina aparición ante mí -frente al espejo en que me encontraba afeitándome en aquel preciso instante - me sobresaltó por lo inesperada. Desde nuestro encuentro en el año anterior, yo había esperado con impaciencia que se me hiciese visible en cualquier momento y ya casi había perdido la esperanza de volverle a ver, cuando de repente fui sorprendido por su presencia. Efectivamente él me había advertido anteriormente que no se presentaría mas de una vez al año y precisamente en algún día que tuviese un especial significado para mí. Por supuesto que aquel día era especial para nosotros, pues aparte de ser el “día del padre”, también coincidía con la fecha del aniversario del nacimiento de mi hija menor, Susana, que aquel día cumplía precisamente los 22 añitos. Tal como le había prometido en nuestro anterior encuentro, yo no había contado a nadie su existencia y mucho menos nuestra conversación. Lo cierto es que me pesaba el mantener el secreto del asunto, pero no quise traicionar en absoluto mi promesa y así se lo hice saber en cuanto cruzamos las primeras palabras. También le comenté que me encantaría conocer alguna otra anécdota que me pudiese contar y en seguida se mostró dispuesto a ello. Esta vez me dijo que el suceso que me iba a narrar no le había ocurrido precisamente a él, sino a un primo suyo llamado Pierre, que vivía en París desde hacía ya muchos años. Concretamente el suceso había ocurrido a finales del siglo XVIII y había tenido por protagonistas principales a algunos personajes muy importantes de Francia. Como podéis figurar, mi curiosidad por conocer aquella historia se hizo cada vez mayor y le apremié para que me la narrase rápidamente, antes de que la presencia de algún otro miembro de mi casa nos pudiese importunar. Samuel se dispuso a ello y me contó la historia que sigue a continuación.
La princesa Maria
Antonieta, hija del emperador Francisco I y de la emperatriz Maria
Teresa, soberanos de Austria, había tenido una infancia muy feliz en su
país natal y re Aprovechando que la joven Maria Antonieta no estaba
muy dispuesta a frecuentar las numerosas fiestas y saraos que tan de
moda estaban entonces entre los monarcas y La verdad es que cuando Maria Antonieta pudo ver ante sí a aquella joven que la propusieron como su sustituta, quedó impresionada al momento. El parecido era asombroso y cuando la hubieron cambiado de ropa vistiéndola con las de la futura reina y colocado una de las pelucas que solía lucir ésta, puestas la una junto a la otra, habría sido casi imposible distinguir la falsa de la verdadera. Maria Antonieta decidió al instante probar el resultado de la sustitución y la verdad es que la joven Giselle, que sí se llamaba aquella joven sustituta, llevó a cabo su papel con suma habilidad. Solo estuvo a punto de meter la pata y descubrir su verdadera identidad cuando uno de los cortesanos tuvo la ocurrencia de hablarla en el idioma alemán (el idioma nativo de Maria Antonieta) y la joven sustituta no supo que contestar a lo que la decían. Salió del atasco con mucha suerte y en adelante tuvieron la precaución de enseñarle el idioma, lo que hizo la propia Maria Antonieta, enseñándola al mismo tiempo muchos de los trucos que una buena sustituta debería conocer, como por ejemplo los recuerdos de su familia y muchas otras vivencias de su infancia y juventud que servirían a Giselle para poder salir airosa en las ocasiones que fuese preciso. Demostró ser una buena alumna y asimiló con prontitud cuantos detalles le serían precisos para ejercer su sustitución a la mayor perfección. Dispusieron para ella su alojamiento en las habitaciones contiguas a la de Maria Antonieta y así la joven se convirtió también en la que parecía ser su mejor amiga y confidente. Giselle supo corresponder a aquella amistad en todo momento y no fue hasta varios años mas tarde en que, apremiada por las envidiosas cortesanas que la habían introducido en aquel estatus tan especial, se dedicó a realizar por su cuenta algunas excentricidades que habrían de poner en entredicho la buena fama de Maria Antonieta, quien ya era por entonces la reina consorte de Francia, al haber subido al trono su marido en el año 1774. Aprovechando la confianza que en ella tenía su protectora, protagonizó algunos incidentes algo escabrosos en algunas noches locas pasadas en compañía de aquellas malvadas y libertinas cortesanas. Maria Antonieta era ignorante de aquellas fechorías y no sabía que las andanzas de su sustituta Giselle estaban conduciéndola a ser desdeñada e incluso odiada por las buenas gentes de Francia, que ya por aquellas fechas estaban dando muestras de gran inquietud y desasosiego, produciéndose poco a poco la desconfianza del pueblo hacia sus soberanos y germinándose la que -en el futuro- sería la Revolución mas sangrienta de la historia de Francia. Todos estos detalles
los iba observando el enanito invisible Pierre (el primo de nuestro
conocido Samuel), quien en diversas ocasiones advirtió a la Reina de las
malas andanzas de Giselle, pero la confiada Maria Antonieta calificaba
aquellas
acusaciones de maliciosas por parte del enanito y no le hizo el menor
caso, con lo que
Pierre estaba de un humor de perros. Incluso llegó a llorar de rabia
cuando la reina le hizo la indicación de que chivarse de Llegó un momento en que la envidia y ambición de Giselle la llevó a tomar una decisión que sería totalmente determinante para su propia vida y también para la vida de la reina. Ayudada por el jefe de policía de París, que estaba de su parte desde que la intrigante muchacha le había prodigado algunos de sus favores, procedieron a secuestrar a la reina y la encerraron en la mazmorra mas oculta de La Bastilla, que por entonces era la prisión mas temible de Francia y tenía la fama de ser tan segura que pocas personas que habían sido allí encerradas habían logrado salir con vida. La llevaron allí adormecida con una pócima que la hicieron tomar con engaños y la pobre reina ni se enteró de su viaje hasta el encierro, donde se despertó aterrorizada un día después. También la habían hecho cortar su preciosa melena dorada y, con las andrajosas vestiduras que la pusieron, ni su propio padre la hubiese reconocido. De nada le sirvieron sus lamentaciones ante los guardianes de la prisión, quienes terminaron por tomarla por una pobre loca que pretendía ser nada menos que la reina de Francia. Tanta fue la angustia de la pobre mujer, que efectivamente llegó a enloquecer de verdad y de cuya locura solo se pudo recobrar después de muchos años y cuando cambiaron finalmente las circunstancias de su encierro, como ya contaremos mas adelante. Mientras tanto, Giselle, para asegurarse el
afianzamiento en el trono, lo primero que hizo fue ordenar asesinar a su
cómplice, el jefe de policía de Paris y una vez desembarazada de la
única persona que la podría haber hecho daño a sus pretensiones, asumió
totalmente la personalidad de la reina y nadie podría sospechar que bajo
aquella inocente apariencia se ocultase aquella malvada impostora.
Incluso se creció ante quienes la llevasen la contraria por cualquier
motivo, justificado o no y procedió a tomar algunas medidas que la
hicieron cada vez mas Tanto es así que en el año 1789, al llegar el momento en que se produjo la insurrección popular conocida como la Revolución Francesa, el pésimo prestigio que tenían los Reyes de Francia condujo a que fuesen juzgados muy severamente por quienes habían sido sus súbditos y que ahora se convertirían en sus verdugos. De nada le sirvió a la usurpadora el alegar que ella no era la verdadera reina y que estaba ocupando fraudulentamente su lugar; como es natural, nadie la creyó y, cuando llegó el momento de su ejecución tuvo que afrontar la muerte en la guillotina, ocupando el lugar de aquella a quien había arrebatado todo, desde la más valiosa joya o vestido, el matrimonio, los hijos y sobre todo, la corona de Reina de Francia. Fue un justo castigo a su maldad y lo mas curioso de todo fue que el único que estaba al cabo de toda aquella confusión era un enanito invisible llamado Pierre, quien, como justo castigo a la usurpadora, guardó silencio. Únicamente procedió a ejercer un acto que podría ser útil mas adelante a una sola persona: escondió en lugar seguro un brazalete de oro y brillantes perteneciente a la reina desde muy joven, pues había sido un regalo de su padre, el emperador de Austria y también escondió una magnífica peluca, también perteneciente a la verdadera Maria Antonieta.
Tan solo ocurrió en aquel período de internamiento un hecho insólito que dejó llenas de perplejidad a quienes llegaron a tener conocimiento de ello. Una mañana Sor Marietta (que así fue el nombre que adoptaron para ella aquella buenas monjas), después de regresar de las oraciones de “maitines”, encontró sobre su humilde camastro una preciosa peluca de color dorado y a su lado un valiosísimo brazalete de oro y brillantes. Nadie pudo nunca explicarse el origen de aquellas dos prendas, pero es que a nadie se le podría ocurrir en aquella época que pudiesen existir los enanitos invisibles.
Terminado por RAMAMAЯ en Madrid, el 27 de junio del 2005
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