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OTRO CUENTO DE PATOS 

            A mis nietos Daniel, Celia y Raquel 

L

a verdad es que a este pequeño y sencillo cuento mejor le hubiera ido el título de El pato patoso, pero, después de reflexionar un poco, me decidí por darle el título que figura al comienzo, para que no se desvelase tan pronto el tema y que hubiera que leer algo mas que el título para enterarse de que iba a ir la trama. 

         Ya con este preámbulo creo que habrá quedado mas o menos claro que esta vez vamos a relatar la historia de un pato patoso, de esos que meten la pata por todas partes menos por donde deben. 

         Siempre hemos llamado patosos a todos aquellos seres, personas o lo que sean, que siempre van equivocándose en todo, que hablan a destiempo, llegan a deshora a todos los sitios, hacen las cosas mal y siempre en el momento mas inoportuno, son los únicos que meten el pié en el único hoyo que hay en una calle completamente lisa, y se caen, por supuesto. En resumen, si os digo que son los metepatas, ya no tendréis dudas de quienes son estos seres tan desagradables. 

         Yo no sé bien de donde proviene esta apelativo genérico de patoso y pienso que debe ser seguramente por el modo desgarbado de andar que tienen los patos cuando están en tierra firme, ya que de ningún modo se podría referirse a ellos cuando están nadando, pues lo hacen con una agilidad, elegancia y soltura que da gusto verles.        

         Pues bien, dejando aparte su modo tan poco agraciado de caminar, sino solamente por su forma de proceder en todo lo demás, si ha existido algún ser que mas se mereciese tener este apodo de patoso, ha sido, es y será, un pato que yo he conocido y del cual os voy a contar su historia, para que vosotros también la sepáis. 

         Ya desde chiquitito estuvo dando pruebas de lo que iba a ser su modo de proceder en la vida, pues resulta que cuando estuvo haciendo esfuerzos para romper la cáscara del huevo en que nació, lo hizo precisamente por la parte mas baja, o sea la que da contra la tierra y claro está, cuando la cáscara se rompió, no tenía forma de salir  al exterior; solo lo pudo hacer gracias a la ayuda de su mamá pata, que se quedó así como pensando: “Que patito mas tontorrón acabo de traer al mundo”.        

         Para caminar también resultó un poquito torpe, pues se iba tropezando con todas las piedrecillas que había en su camino y no digamos para nadar, pues también le costó mucho trabajo aprender; en este caso no era en absoluto por miedo al agua, pues su carácter era mas bien inconsciente y atolondrado, sino porque era tan torpe que se le enredaban las patas una contra otra y nadaba mas bien dando círculos, en vez de hacerlo en línea recta como Dios manda. 

         En otra ocasión metió la pata, pero que bien, bien, bien. Resulta que en el estanque artificial en el que vivía con su familia, había un desagüe con su tapón para mantener el nivel de agua y a nuestro patito no se le ocurrió nada menos que tirar de ese tapón con todas las fuerzas de su pico. El resultado fue que el estanque se vació de agua y tuvieron que estar varios días en seco hasta que alguien colocó de nuevo el tapón y el agua recuperó su nivel. 

         En fin, un verdadero desastre de pato. No es que lo hiciese con malicia, sino lo que pasaba era que no lo podía remediar. Como es natural, todos los demás patos estaban preocupados por él y estaban siempre pendientes de las nuevas barbaridades que les podría ocasionar. 

         Sin embargo hubo una patita muy vistosa y zalamera que se propuso ayudarle y llevarle por el buen camino. Estuvo siempre a su lado y le iba indicando a todas horas las cosas que estaban bien y en las que, si no hubiese tenido ayuda, seguramente habría metido la pata, como siempre. 

         Con esta ayuda y poniendo por su parte mucha voluntad, poco a poco nuestro pato fue mejorando sensiblemente y llegar a ser un patito casi normal. Digo casi, porque de todas formas en alguna ocasión también demostró su torpeza, pero solo en pequeñas cosas y, como puso mucho empeño, terminó por hacer que todos olvidaran lo patoso que había sido  hasta entonces. Cuadro de texto: Subir

         Al final formó una nueva familia con su amiga patita y fueron muy felices. A su debido tiempo tuvieron patitos y se les caía la baba viendo como todos ellos iban creciendo normalmente. 

         Bueno, todos no, porque uno de sus hijitos también salió un poquitín torpe y era de los que, al ir caminando, se iba tropezando también con todas las piedrecillas del camino, lo que hacía sonreírse mucho a sus papás. 

         RAMAMAR     La Vila, 9 de abril del 2002

                                                                                                                                                         Cuadro de texto: Ir al índice de cuentos cuentos