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NAHRÚ, EL CAMELLO 

         A mis nietos Daniel, Celia , Raquel y también dedicado a Wendy Díaz (de Cuba) 

El pobre Nahrú estaba desesperado, llevaba mas de cuatro meses de marcha a través de los desiertos de diversos países y no veía el momento de parar en su larga caminata hasta encontrar el lugar que había visto en sueños, un país en donde su apariencia no fuese chocante entre los individuos de su especie.

Desde su salida del desierto de Gobi, en el Asia Central, había ya atravesado parte de Mongolia (su país natal) y después, algo de la China oriental, Kazakistán, Turkmenistán, Irán, Iraq, la Península Arábiga y el Sinaí, siempre procurando andar por lugares desérticos, que es por donde mejor se desenvolvía.

En estos momentos se encontraba en un lugar totalmente desconocido para él; había visto desde la lejanía unas extrañas construcciones que parecían montañas pero con una forma rarísima y de un color algo distinto a cualquier otra montaña que hubiese visto en su vida. También se divisaba mucho mas lejos algo que parecía una larga hilera de árboles y grandes extensiones verdes que hacían adivinar la presencia de numerosa, abundante y nutritiva hierba con la que alimentarse (mas tarde se enteraría de que aquello era el valle del Nilo).

Se echó al suelo para descansar junto a una roca y allí entornó sus ojos (protegidos por unas bonitas y largas pestañas), y se puso a recordar el motivo que le había llevado a emprender aquel largo viaje. Por supuesto que no había sido un viaje turístico para conocer nuevos lugares: había sido una huida en toda regla.

Recordó sus primeros meses de bebé-camello, siempre protegido y alimentado por su madre, una preciosa camella que estaba en todo momento dispuesta a aceptar los achuchones de Nahrú cuando se apretaba a sus ubres en busca de leche materna. También el magnífico aspecto de su padre, que le enseñaba a levantarse del suelo cuando se produjeron sus primeras caídas en las andanzas por el desierto. También le había enseñado a arrodillarse para descansar y a levantarse otra vez cuando las circunstancias obligasen a salir corriendo del lugar por la presencia de algún ser indeseable o peligroso. Sobre todo, lo que mas gustaba a Nahrú de sus padres, era la magnífica figura que presentaban con sus dos impresionantes jorobas en lo alto de la espalda.

A Nahrú no le habían salido aún las jorobas y estaba loco por hacerse adulto para lucirlas en medio de la espalda, como el atributo mas especial que un camello del desierto puede mostrar. Además, las dos jorobas denotan buena salud y aseguran también la subsistencia en el desierto en cualquier clase de emergencia, por la que tuviesen que estar varios días sin ingerir alimento ni agua. Allí se almacena la grasa que su cuerpo va a necesitar trasformar en alimento y líquido para poder seguir viviendo en un medio tan inhóspito como es el desierto.

Pues bien, el caso es que Nahrú fue haciéndose un precioso y joven camello igualito en todo a sus demás vecinos y compañeros con excepción de un detalle muy importante: SOLO TENÍA UNA JOROBA.

Este detalle no hubiese sido tan importante en cualquier país del norte de África, donde los camellos solo tiene una joroba, claro es que pertenecen a otra familia de camélidos cuyo auténtico nombre es el de dromedarios. Este tipo de dromedarios es el que mas comúnmente estamos acostumbrados a ver en los cuentos, revistas y libros, sobre todo en los dibujos relativos a los tres Reyes Magos, que siempre iban acompañados por sus correspondientes dromedarios.

Claro es que este detalle lo desconocía nuestro Nahrú, como tampoco lo sabían sus amiguetes y compañeros, que empezaron a burlarse de él por su extraña y única joroba. Así estaban las cosas cuando en cierta ocasión, charlando con uno de los camellos mas viejos del desierto de Gobi, Nahrú se pudo enterar de que en muchos países situados al Oeste, existían camellos con una sola joroba, así es que tomó la determinación de emigrar a esos sitios para no tener que estar siempre escondiéndose de sus congéneres. Pasó por muchas peripecias en el larguísimo viaje, pero el final ya no podía estar muy lejos.

 Así estaba Nahrú en sus reflexiones, cuando muy cerca suyo vio pasar una extraña procesión: se trataba de una caravana de dromedarios en viaje por aquellos parajes. Al ver que solo tenía una joroba (como él mismo), en seguida se unió a ellos y continuaron viaje. Por ellos se enteró de que estaban en Egipto y que aquellas extrañas montañas que se veían en la lejanía eran las grandiosas pirámides, famosas desde la antigüedad.

Y ya no siguió buscando mas; nuestro buen Nahrú se quedó con ellos a vivir para siempre y a partir de entonces ya no se acordaba de los camellos de dos jorobas: había llegado a convertirse en un auténtico dromedario.

 

          Escrito por RAMAMAЯ en Madrid, el 4 de marzo del 2005

          La ilustración de cabecera fue realizada por Wendy Díaz  11 años (CUBA)

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