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NAHRI, EL CORNAC

 A mis nietos: Daniel, Celia y Raquel 

Aquel día, Nahri, el cornac, estaba definitivamente satisfecho: todo estaba resultando maravillosamente y a pedir de boca.

Por la mañana tempranito se había levantado a las siete en punto y, después de tomar un rápido y nutritivo bocado de pan de maíz relleno de una pasta de carne que su madre le preparaba la noche anterior, se tomó un gran vaso de leche de búfala. Una vez satisfechas sus necesidades alimenticias salió rápidamente, como todos los días, para llevar a su elefante Samuro al río, a un lugar que solo él conocía y que estaba llenito de las mejores y mas frescas hierbas que un elefante pueda desear, con lo que su precioso elefante estaba siempre fuerte y era el mas lustroso de todos los elefantes de su aldea, un pequeño pueblo de un pequeño estado de la India, llamado Puridam.

Por esta razón Nahri siempre era el cornac preferido por todos y siempre contaban con él para la realización de cualquier trabajo en que fuese requerido un buen elefante quien, aparte de estar bien amaestrado y enseñado a trabajar correctamente, tuviese una gran fortaleza y agilidad. La verdad es que formaban un gran equipo y todo aquello que les era encargado lo realizaban a las mil maravillas.

Nahri se había visto obligado a trabajar con Samuro desde que los dos eran muy pequeños, ya que su padre había fallecido en un accidente fortuito y al  ser hijo único, a Nahri le había caído la obligación de ser el sostén de su familia. Menos mal que el muchacho siempre había sido muy espabilado y trabajador, aparte de que su fiel elefante Samuro era un excelente y saludable ejemplar, que siempre había sido la envidia de cuantos le conocían.

Pues bien, aquella mañana ya os he contado que Nahri se encontraba pletórico de alegría, ganas de trabajar y muy contento sobre todo, porque le habían encargado la misión de transportar un gran montonazo de troncos desde la cercana colina hasta el caudaloso río que pasaba cerca de su aldea, con lo que tenía asegurado el trabajo (y sustento de su familia) para unos cuantos días y además, precisamente en el  sitio que mas les gustaba a él y a su elefante, pues al estar casi siempre en contacto con el río, el suministro de sabrosas hierbas estaba asegurado y Samuro trabajaba también el  doble de contento. Por otra parte, Nahri era también un buen pescador y en los ratos de descanso en que el elefante se alimentaba a su placer, Nahri aprovechaba para lanzar al río su anzuelo, donde obtenía unos buenos y lustrosos pescados para llevar a su necesitada madre. Allí abundaban carpas y  percas de buen tamaño y no tenía problemas para llenar el cestillo de juncos que siempre llevaba a un costado de su montura, junto al zurrón de su comida diaria.

Lo que no se podía imaginar nuestro amigo era la gran sorpresa que le esperaba. Llevarían allí solo unos pocos minutos cuando Samuro se acercó a su amo llevando en el extremo de su larga trompa un objeto muy brillante. En un principio a Nahri no le hizo demasiado gracia el hecho de que su elefante se le arrimase tan cerca, ya que le había espantado todos los peces que pudieran estar a tiro, pero, al fijarse bien en el brillante objeto que Samuro portaba, Nahri soltó los aparejos de pesca y  acudió al instante a hacerse cargo de lo que le ofrecía el elefante.

Se trataba, nada más y nada menos, que de una fina y preciosa diadema, aparentemente de oro puro y adornada con una gran profusión de piedras preciosas. A primera vista se veían varios voluminosos y deslumbrantes rubíes, esmeraldas, zafiros y muchas otras piedras que seguramente eran brillantes de muchísimo valor.

Recogió inmediatamente la joya, la envolvió cuidadosamente entre abundantes hojas de un árbol próximo e inmediatamente la introdujo en su zurrón. Recordó al instante que el mes anterior había estado por esa parte del río una comitiva real y que precisamente le había llamado la atención una bellísima joven que llevaba sobre su cabeza una diadema, que seguramente sería la que su Samuro había encontrado. La joven también se había fijado en nuestro cornac, cruzándose sus miradas brevemente, pero de una forma bastante intensa.

Aquella misma mañana, Nahri partió a lomos de su fiel elefante hacia la capital, y unas horas mas tarde se presentó ante el palacio real, donde, después de unas cuantas entrevistas intermedias, al conocerse el motivo de la visita del joven, fue introducido ante sus majestades, los maharajás de Puridam, quienes le felicitaron efusivamente por la devolución de la joya, que había sido extraviada  recientemente por su hija, la princesa Missa.

Nahri fue presentado a la princesa, quien agradeció con una tímida mirada la buena obra del joven y fue aquella la primera de una serie de visitas al palacio, donde se fue forjando una bonita amistad entre los dos jóvenes, que terminaría convirtiéndose en un verdadero y eterno amor.

Con el beneplácito del maharajá y su esposa, mas adelante los jóvenes contrajeron matrimonio y fueron felices para siempre.

El fiel Samuro habita ahora en las magníficas instalaciones de las cuadras de palacio y es el elefante preferido de todos. Nuestros jóvenes príncipes son conscientes de que a él le deben su felicidad.

 

Escrito por RAMAMAя      en Madrid, a 1 de febrero del 2009

 

 

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