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LA MARIPOSA DE ORO 

A mis nietos, Daniel, Celia y Raquel 

Era una preciosa mañana del mes de junio en la que Arruguitas y dos hermanos suyos estaban tranquilamente comiendo en la misma rama de una frondosa morera del parque del Retiro madrileño. La verdad es que los tres hermanos habían tenido mucha suerte de que los huevos de donde habían nacido sus pequeños cuerpos de oruguitas de gusanos de seda, habían sido colocados por su mariposa-madre en un protegido lugar del parque, donde habían tenido ocasión de nacer sin peligro alguno y además, con comida abundante y fresca en cualquier dirección hacia donde se dirigiesen.

La hermosa morera junto a la que habían nacido esta situada en un abrigado y soleado lugar cercano al estanque del Palacio de Cristal y desde su privilegiado mirador podían contemplar el hermoso panorama y escuchar el rumoroso ruido del agua de una pequeña cascada que hay en su orilla.

La verdad es que una oruga de su especie no puede pedir mas, tenían comida mas que suficiente para que su cilíndrico cuerpo pudiera alimentarse días y días, hasta llegar a convertirse en una larva lo suficientemente adulta para que, con la seda que su propio estómago podría fabricar, elaborar a su alrededor un precioso capullo blanco-amarillento que ocultase a los ojos de los demás la maravillosa transformación que los convertiría mas adelante en unas mariposillas blancas, las que a su vez darían lugar a otra numerosa descendencia a través de los huevecillos que, con su pericia e instinto, depositaría en algún protegido lugar.

Sin embargo, Arruguitas no era feliz con su vida actual: la corroía un triste malestar con respecto al futuro que la esperaba. A ella la hubiese gustado que la mariposa a que su destino la obligaba a llegar a ser, tuviese el aspecto de una mariposa que había estado viendo revoloteando por los alrededores de su morera: se trataba de una preciosa mariposa casi amarilla del todo, de la especie llamada “macaón”, también conocida como “cola de golondrina” y la que, en sus pasadas por el entorno, había provocado la envidia de nuestra oruga.

Arruguitas la veía pasar y no paraba de decir a sus hermanas que lo que mas le apetecería en este mundo sería ser igual que aquella “mariposa de oro”, como ella la había empezado a conocer. Tanto les daba la lata a sus hermanas, que al final terminaron por dejarla sola y allá ella que se las apañase con sus manías.

Y ahora Arruguitas tenía, además de su sentimiento de envidia, el otro sentimiento de la soledad a que la había conducido su tozudez, con lo que se puso tan triste, tan triste, que no paraba de llorar y de quejarse lastimeramente.

En esto, el hada de las orugas que pasaba por allí, al enterarse de sus penas, la ofreció un trato: la podría convertir en una mariposa de oro, pero a cambio, perdería para siempre la compañía de sus familiares y además la advirtió que, aunque si tendría alas, tampoco podría volar debido al excesivo peso de su cuerpo.

Arruguitas, sin pensárselo dos veces, solicitó del  hada que la concediese aquel deseo y entonces, haciendo uso de su varita mágica, el hada hizo un conjuro mágico con el que nuestra oruga se convirtió inmediatamente en una mariposa de oro.

No tenía precisamente la preciosa forma de la mariposa macaón que tanto había encaprichado a nuestra protagonista, sino que siguió teniendo la forma que una mariposa de gusano de seda debe tener. No obstante, su cuerpo quedó convertido en una preciosa joya de oro que hubiese dado envidia al mismísimo rey Salomón.

Y aquí fue cuando, con el peso del oro, nuestra mariposa cayó inmediatamente al suelo, pues la hoja de morera donde se asentaba no pudo soportarlo. Fue a caer sobre la fresca hierba de las orillas del estanque y la casualidad hizo que una gran hoja desprendida de un árbol cercano, un castaño de Indias, fuese a caer sobre nuestra mariposa de oro, ocultándola al momento de toda clase de luz y también de la posible vista de los paseantes del lugar.

Pues allí se tiró gran parte del verano, hasta que, un día de mucho viento, la hoja que la cubría se desplazó con violencia, dejando a nuestra Arruguitas de oro a la vista de los paseantes. La casualidad hizo que la primera persona que por allí pasaba fue una anciana solitaria que desde hacía muchos años iba siempre por aquel camino, para alimentar con mendruguitos de pan a los patos y a  los cisnes del estanque. Ahora ya hacía tiempo que no se veían en el estanque ni patos ni cisnes, pues se conoce que las autoridades municipales han puesto a buen recaudo a estos animales ante el peligro de contagio de la peste aviar, pero la buena anciana seguía todos los días haciendo su mismo recorrido.

Entonces fue cuando descubrió a la mariposa de oro e inmediatamente la recogió del suelo y, deseando que la mariposa pudiese siempre ver en los paseos de la anciana los lugares en que vivían sus hermanas orugas, la hizo poner por un joyero un prendedor para así poderla llevar siempre junto a su pecho. De esa forma conocí yo la procedencia de la mariposa del prendedor y me gustó tanto la historia que no me he podido resistir a la tentación de contarla.

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RAMAMAR

Madrid, 17 de marzo del 2007

 

 

 

  

 

                                                                                                       

                                                                                                                                                         

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