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UN HAMSTER VOLADOR A mis nietos Daniel, Celia y Raquel Aunque parezca increíble, esta historia tiene una gran parte de realidad y mi nieto Daniel sabe que estoy en lo cierto. Hace algún tiempo, vivía frente al puerto de Villajoyosa una pequeña hamster hembra, cuyos dueños la tenían en un balcón frente a la mar, encerrada en una jaula muy bonita, pero que ya estaba un poco deteriorada. Tan estropeada estaba la jaula, que la hamster había aprendido a abrir la puerta y cuando nadie la veía, se salía a dar una vuelta por el balcón, para así poder contemplar mejor a las gaviotas que volaban frente a ella. Estaba fascinada por el vuelo de las gaviotas y su mayor alegría hubiera sido poder volar como ellas; lo intentó alguna vez dentro de su balcón, pero se pegaba unos golpes morrocotudos contra el suelo, así que optó por conformarse con ver volar a las gaviotas, aunque eso si, pasando una envidia muy grande. En cierta ocasión, los dueños se habían dejado abierta la puerta del balcón y nuestra hamster, movida por la curiosidad, se salió a la calle a dar una vuelta y conocer mundo. En su merodear por las calles cercanas a su casa, llegó a un solar vacío, donde se encontró de repente con una gaviota que estaba muy nerviosa. La gaviota estaba enredada en un trozo de red que habían abandonado allí los pescadores y por mas esfuerzos que hacía, cada vez se enredaba mas y le era imposible soltarse. Nuestra hamster tuvo la idea de roer con sus dientes la red y después de un buen rato de trabajo, logró liberar a la gaviota de su enredo. Tan agradecida estaba la gaviota, que le preguntó la manera de corresponderle, haciéndole el favor que la hamster quisiera. Después de pensárselo un ratito, la hamster dijo a la gaviota la ilusión que le haría dar un paseo volando encima de ella y así comprobar la sensación de volar. En seguida aceptó la gaviota y sin pensarlo más, la hamster se subió a la espalda de la gaviota y ésta, emprendió un fantástico vuelo por encima de la ciudad. Las vistas eran tan formidables y bonitas, que la hamster quedó fascinada. Tan ensimismada estaba, que no se dio cuenta de que se iba escurriendo poco a poco y en un determinado momento, se soltó de la espalda de la gaviota y empezó a caer hacia el suelo. En su caída, tuvo la suerte de ir a parar a un toldo y desde allí, se bajó como pudo a la terraza de una vivienda que está en el piso noveno de un edificio muy grande. Allí la encontramos nosotros, (en seguida vimos que era una hembra) y desde entonces la hemos cuidado y comprado una jaula muy nuevecita, desde la que no se podrá escapar y correr nunca peligro alguno. La hemos puesto por nombre Lola y desde entonces vive muy feliz. RAMAMAR La Vila, septiembre de 2001
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