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EL HALCÓN BIZCO

 

A mis nietos Daniel, Celia y Raquel

 

 

Hace algún tiempo, en una torre abandonada de un castillo de Castilla, vivía una pareja de halcones peregrinos que habían heredado este lugar de sus antepasados, los que ya llevaban habitando aquella torre desde hace varios siglos; creo que desde los tiempos de Maricastaña, que fue una señora que vivió hace muchísimo tiempo.

 

     Esta familia de halcones se dedicaba, como todos sus congéneres, a perseguir a los animalitos que les pudieran servir de sustento, como por ejemplo toda clase de roedores y, sobre todo,  a las palomas de campo (por allí las llaman zuritas); también a pajarillos y aves de todo tipo, pues a estos halcones lo que mas les gusta es cazar a sus presas cuando están volando.

 

     En esto del vuelo llevan mucha ventaja los halcones, pues son las aves que pueden volar más rápido que ninguna otra. Dicen que, cuando hacen sus célebres “picados”, es decir, cuando se tiran desde lo alto con las alas plegadas, pueden  llegar a alcanzar una velocidad que supera los trescientos cincuenta kilómetros a la hora.

 

     Pues bien, a la pareja de halcones que vivían en la citada torre, después del correspondiente período de puesta de huevos e incubación de los mismos, les nacieron cuatro hijitos halconcitos,  que hubieran sido la alegría de sus padres, a no ser por que se dieron cuenta después de un cierto tiempo (cuando los pequeños abrieron sus ojitos), de que uno de los pequeños les había nacido bizco.

 

     Al principio no le dieron mucha importancia al asunto, pues, aunque el pequeño no acertaba a dirigir el pico al lugar en que sus padres le ofrecían la comida que traían para él, su mamá, dándose cuenta de este defecto, procuraba buscarle su pico e introducirle adecuadamente el alimento.

 

     El verdadero problema fue algo después, pues cuando empezó a hacer pequeñas salidas del nido, se confundía siempre de lugar y pretendía alcanzar una rama y aterrizaba en otra distinta. El pobre se iba siempre tropezando con todas las cosas y solo gracias a la ayuda de sus padres y hermanos podía salir adelante.

 

     Imaginaros lo que ocurrió cuando pretendió cazar al vuelo a  los pajarillos que tendrían que servirle de alimento. Pues resulta que nunca acertaba a alcanzarles y los pájaros del entorno ya le fueron conociendo por sus fallos y se reían de los esfuerzos del pobre halcón bizco, que no atinaba nunca a pillarles.

 

     Como con su defecto veía las cosas desenfocadas, le era dificilísimo acertar con la distancia adecuada en cada momento y siempre fracasaba en sus intentos de alcanzar las cosas que deseaba.  Menos mal que siempre contó con la ayuda de sus padres y hermanos, que le cedían parte de su comida y así iba tirando el pobre, aunque tenía un grandísimo complejo de inferioridad.

 

     Pero eso sí, había una cosa que era capaz de hacer mejor que nadie, pues tenía muchísima habilidad para recordar las cosas y era un experto contando historias y cuentos. Todos los que le conocían le andaban siempre pidiendo que les contase una historia y él accedía con mucho gusto.

 

     Se sabía muchísimos cuentos, como por ejemplo aquel cuento de La rana que no tenía pelo, el de los Dos cobardes amigos, el de La avispa disfrazada y un montón de cuentos más.

 

     Así es que tenía muchísimos amigos que venían a pedirle que les contara alguna de aquellas bonitas historias y de paso siempre le traían algún regalito para comer, con lo que resultó que no tuvo que esforzarse en cazar al vuelo y, a pesar de su defecto, tuvo una larga vida muy tranquila y llena de amistades.

 

      Como veis, no hay que desesperarse por tener alguna dificultad en esta vida, sino que hay que esforzarse en desarrollar al máximo las buenas facultades que Dios nos ha dado y así podremos vivir siempre felices.

 

    RAMAMAR      La Vila,  27 de abril del 2002

            

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