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UN GRILLO MUY PILLO 

 

A mis nietos Daniel, Celia y Raquel

 

 

Hoy vamos a recordar la historia de Nolo, un grillo macho muy majete que vivía -no hace muchos años- en una pradera de Galapagar, muy cercana a la ermita del Cerrillo (la que se vé en la foto de arriba y que es donde se casaron los papás de Daniel).

 

Esta pradera está en una finca muy bonita, rodeada con una gran valla de piedras y en la que suele habitar una gran manada de reses bravas. En algunas ocasiones se ven también por allí algunos caballos preciosos.

 

Bueno, a estas reses no solo les servía de vivienda, ya que allí tenían buena hierba para su sustento, un manantial con abundante agua fresca y tenían también bastantes árboles de esos llamados fresnos, que les producían buena sombra en los días mas calientes  del verano y que aprovechaban además para alimentarse con sus hojas cuando la hierba escaseaba.

 

Como ya hemos dicho, allí también vivía Nolo, disfrutando alegremente de todo aquello cuanto un  grillo puede apetecer. La hierba era fresca y abundante, sobre todo en los alrededores del manantial, pues allí, el agua sobrante, que discurría por un pequeño arroyo, hacía también crecer abundantes plantas, como poleo, collejas, borrajas, trébol y otras cositas por el estilo, que eran una delicia para el paladar (siempre bajo el punto de vista de un grillo).

 

La única preocupación de Nolo era evitar ser pisado por las pezuñas de alguno de los toros, vacas o caballos que frecuentaban el manantial en las horas de calor. Esto en las raras ocasiones en las que Nolo salía a comer de día, pues lo que mas le gustaba era salir de su agujero en las horas nocturnas del verano.

 

Era cuando mas a su gusto se encontraba y demostraba su satisfacción cantando su cri-cri sin parar, como diciendo a todo el mundo: “Aquí está Nolo; estoy contento y feliz y solo necesito que me escuche alguna grilla que quiera ser mi compañera”.

 

Porque nuestro Nolo, a sus once meses de edad ya era un grillo adulto y como ya eran pocos los meses que le quedaban de vida –pues los grillos viven un año y medio como mucho -, debía emparentarse pronto con alguna hembra para poder tener descendencia.

 

Se pasaba grandes ratos cantando su cri-cri, que por cierto, habéis de saber que no es precisamente un canto con la garganta, sino que es un ruido producido por sus alas al rozar con unos salientes que tienen en las patas traseras. De vez en cuando, nuestro amigo Nolo descansaba y se quedaba silencioso para escuchar si tenía alguna respuesta a sus pretensiones.

 

Otro detalle que a lo mejor desconocéis es que los grillos escuchan con una especie de órgano auditivo que se encuentra situado en las patas delanteras (junto a lo que pudiéramos llamar sus codos).

 

Pero, como allí en su pradera no encontraba ninguna hembra de su especie, al muy pillín se le ocurrió la idea de cruzar la valla de piedra y buscar en otras praderas de los alrededores. Tuvo que tener mucho cuidado al cruzar el camino que se encontró al otro lado de su valla, para no ser atropellado por los ciclistas o los motoristas que de vez en cuando circulan por allí.

 

Al final, y después de cruzar otra valla, se encontró con otra pradera muy similar a la de su residencia, pero en la que no tenían nada de agua y por lo tanto la comida no era tan apetitosa como en la suya. Allí se encontró con varias hembras grillas, pero ninguna le hacía mucho caso porque no le conocían de nada y el pobre se estuvo estrujando su pequeño cerebro para tener alguna idea con la que tratar de convencer a alguna de aquellas hembras para que fuera su esposa.

 

Al final, tuvo la feliz idea de volver a su propia pradera, en la que  preparó un buen ramillete de apetitosas y frescas hierbas de las que crecían junto a su arroyo; cuando le pareció que estaba lo suficientemente atractivo, llevó este ramillete a la pradera donde vivían las hembras y en seguida  le salieron varias novias que quisieron irse con él.

 

Como entre los grillos no hay problema de tener varias esposas, escogió a las cuatro grillas mas aparentes y las guió en su camino de vuelta a su pradera, donde todos fueron muy felices y tuvieron una gran descendencia de grillitos.

 

Y colorín colorillo, ¡Que  gran  pillín es nuestro grillo!

 

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RAMAMAR           Madrid, a  8 de noviembre del 2002

 

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