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EL GORRIÓN TONTORRÓN A mis nietos Daniel, Celia y Raquel Todos sabemos lo listísimos que son los gorriones, esos pájaros de ciudad que han aprendido nada mas y nada menos que a convivir en el entorno de los humanos, pero sin integrarse para nada en su vida.
Siempre recuerdo aquella anécdota que me contaron hace ya muchísimo tiempo con respecto a la inteligencia de estos pájaros y que era mas o menos como sigue: “Había una vez una mamá gorriona que estaba intentando enseñar cosas de la vida a sus pequeños y que les decía entre otras cosas: -Tenéis que tener mucho cuidado con los humanos y sobre todo, si veis que alguno se agacha al suelo a coger una piedra; entonces debéis de salir volando a toda prisa. Entonces uno de los pajarillos le dice a su mamá: -Mamá, ¿Y que hay que hacer si el humano no se agacha, pero ya lleva la piedra en la mano? A lo que su mamá responde: - Hala hijos, ya podéis salir al mundo.”
Esto indica bastante claro lo listos que suelen ser los gorriones, pero esta inteligencia no le fue concedida por la Naturaleza a un pequeño gorrión que nació hace algún tiempo en un campo de las cercanías de Villajoyosa, en la zona conocida como La Malladeta, cuando aún existían algunos árboles, algo espaciados entre sí, pero que daban todavía cobijo a algunas clases de pájaros.
Nuestro pequeño gorrión al que todos empezaron pronto a llamar Tontorrón, -ya os podéis imaginar el por qué-, no tenía esa viveza de reflejos que es característica fundamental de los pajarillos de su especie. Le costaba bastante trabajo decidirse en que dirección seguir cuando se presentaba algún peligro mas o menos inminente; tampoco distinguía bien los distintos tipos de granos o semillas que le debían servir de alimento.
Bueno, menos mal que por lo menos le quedó una forma de obrar que fue la que le permitió salir adelante. Era un buen imitador y como siempre procuraba hacer lo mismo que hacían sus padres y hermanos, pues así fue saliendo adelante en la vida y siempre salía volando a toda prisa cuando lo hacían los demás y también comía de las mismas cosas que veía comer a sus familiares.
El problema fue que un día no estuvo tan atento a lo que hacían sus hermanos. Ocurrió que llegaron muchos hombres con camiones y máquinas enormes al campo donde vivían y sus familiares salieron pitando de allí; nuestro gorrión Tontorrón no se dio cuenta de a donde habían salido volando todos y se quedó por allí sin saber que hacer.
Al ver tantas máquinas y camiones se quedó mas alelado aun de lo que solía ser habitual en él y estuvo a punto de ser atropellado por uno de los camiones que trabajaban en la zona. Se libró por poquito, pero tuvo la fortuna de que en su pequeño vuelo fue a parar al interior de la cabina del camión. Allí le encontró el conductor y resultó ser un hombre bastante bueno y amigo de los pájaros, que tuvo compasión del pobre gorrión y se le metió en el bolsillo para que no le ocurriera algún percance.
Un poco mas tarde, el camionero llegó a su casa con el gorrioncillo (que estaba medio muerto de miedo), en seguida le colocó en una bonita jaula con agua y comida para que se recuperase y efectivamente nuestro pájaro Tontorrón se puso a comer y beber, tranquilizándose bastante al ver que era tratado con bastante cariño por la familia del camionero.
También comprobó que, en aquella terraza donde le colocaron, había también otra jaula con un pájaro totalmente amarillo que cantaba muy bien y pensó que había tenido muy buena suerte por llegar hasta allí. No tenía que preocuparse por la comida o bebida y además no había ningún peligro para esquivar.
Fueron pasando los días y nuestro Tontorrón se encontraba allí mejor que en su propio ambiente anterior, pues no se tenía que preocupar de nada y además, en seguida se hizo amigo del pájaro amarillo, del que mas tarde se enteró que era un canario.
Como era un buen imitador, aprendió a hacer unos gorjeos muy parecidos a los que hacía su amigo el canario y llegó a ser la admiración de todos los que comprobaron que un gorrión era capaz de cantar bastante bien. Sus nuevos amigos, el camionero y su familia estaban encantados con él y se lo enseñaban con orgullo a todas sus amistades. Tontorrón fué muy felíz, aunque a veces estaba un poquitín triste cuando se acordaba de sus padres y hermanos.
Aunque no se volvieron a encontrar nunca más, lo cierto es que vivían relativamente cerca, pues la familia de gorriones, al ver su entorno invadido por tanta máquina, se trasladaron a vivir al Parque Censal, muy cerquita del domicilio del camionero.
RAMAMAR
19
de septiembre del 2002
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