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LA GOLONDRINA BLANCA A mis nietos Daniel, Celia y Raquel Como los hechos que vamos a contar son de una época en que mis nietos aún no habían nacido y no tuvieron ellos la oportunidad de presenciar lo sucedido, voy a intentar recordarlo todo con el máximo detalle y relatarles esta curiosa historia tan real como la vida misma y tal como sucedió. La primera parte de estos hechos, acaeció en la primavera del año 1995 y todo comenzó una mañana que estábamos en 7 Pinos y nos dimos cuenta de que había una golondrina que frecuentaba las inmediaciones del garaje. Este hecho no nos hubiera chocado apenas, ya que era muy frecuente observar que las golondrinas daban constantemente revoloteos alrededor de la casa, imaginamos que para comer los bichitos voladores que tanto abundan en la primavera en todos los jardines. Sin embargo, lo que terminó por llamarnos la atención fue el observar que una de ellas, repetía muchas veces sus vuelos por la zona mas próxima a la casa y terminamos por darnos cuenta de que en alguna ocasión desaparecía incluso de nuestra vista. Observando con mas cuidado en una de las ocasiones en que vimos que la golondrina había desaparecido, pudimos ver que, por uno de los ventanillos alargados y estrechitos que tiene la puerta basculante del garaje en su parte superior, asomaba y después arrancaba a volar hacia la calle una de las golondrinas, evidentemente asustada al percatarse de nuestra proximidad. A partir de entonces, ya estuvimos mas atentos y vimos repetir la operación de entrar y salir del garaje a la golondrina. Con la ya certeza de que su destino era el interior, penetramos en el garaje y procedimos a explorar con detenimiento el interior del mismo. Al principio no encontramos nada de particular, pero ya por fín logramos ver algo extraño en una viga que hay a la altura del techo, (que la tenemos pintada de azul); lo extraño y nunca visto hasta entonces, era un nido auténtico de golondrina, hecho con una mezcla de barro y pajitas que había sido construido aprovechando el ala de la viga y en cuyo interior vimos asomarse muy tímida y quedamente la cabecita de una golondrina que indudablemente estaba incubando en aquel nido. Fijaos bien en la foto y veréis el nido descrito, con la única salvedad de no verse la cabecita de la golondrina, pues con muy buen criterio, nos retiramos convenientemente para no asustarla y que pudiera sacar adelante a los huevos sin complicaciones. La fotografía está hecha varios meses mas tarde. A partir de entonces, no pasábamos por el garaje mas que lo estrictamente indispensable e incluso mas adelante, cuando pudimos comprobar que habían nacido ya los pajaritos, (cosa que nos fué evidente al ir apareciendo en el capó del coche muestras de excrementos indudablemente lanzados por las crías), llegamos a dejar siempre el coche en el exterior del garaje para interrumpir lo menos posible el proceso de su alimentación y crecimiento. También por supuesto para evitar el deterioro del coche. Fue una gozada el observar mas adelante cuando empezaron los pajaritos a volar por su cuenta, primero en el interior de garaje y luego mas adelante cuando ya cogieron soltura y se atrevieron a salir al exterior para ver mundo y hacerse completamente adultos. Eso sí, siempre volvían a dormir al interior del garaje y nos obligaba a hacer el menor uso posible del mismo, sobre todo por la noche para no interrumpir su descanso. La verdad es que mereció la pena la experiencia y la pequeña incomodidad que nos dió, fue de sobras recompensada por la satisfacción de observar el progreso de los pequeños y su bonita forma de incorporarse a la vida. Hubo además un detalle que hizo de este caso el que resultara de lo mas particular. Vosotros ya sabéis que todas las golondrinas tienen el pecho de color blanco y todo el resto del cuerpo, alas y cola son de un color negro brillante; pues resulta que una de las cuatro jóvenes golondrinas que nacieron en nuestro garaje, al principio fue también de color negro brillante como sus hermanas, pero a medida que fueron pasando los días, se le fue aclarando el color, me imagino que por algún cambio genético inexplicable y llegó a ser toda ella de un color tan claro que parecía totalmente blanca y se distinguía con toda facilidad del grupo de golondrinas que revoloteaban en los alrededores de nuestro jardín. Era tan fácilmente reconocible que, tanto cuando estaban volando por los alrededores, como cuando estaban posadas en los alambres del tendido eléctrico de la calle, se apreciaba perfectamente cual era nuestra golondrina clarita. Llegó ya un momento en que decidimos que debían de abandonar el garaje y recuperarlo para nuestro uso, así que dejamos cerrados los ventanillos y a partir de entonces les tocó dormir al raso, lo que tampoco nos dio demasiada pena pues ya era tiempo de verano y no había miedo a que tuviesen ningún frío. Además, era conveniente que se acostumbrasen a la intemperie para cuando tuviesen que emigrar a otras tierras del sur y no tendrían seguramente un garaje para refugiarse. A finales de agosto dejaron de verse las golondrinas por nuestra urbanización ya que por esas fechas emigran hacia el sur con destino a Africa que es donde pasan el invierno. En la primavera siguiente, volvimos a ver las golondrinas por las inmediaciones de nuestra casa, pero ya optamos por dejar cerradas las ventanillas e impedirlas el paso al garaje, no solo porque pudieran manchar el coche, sino porque ya por esas fechas habíamos instalado un sistema de alarma y en el caso de que las golondrinas se introdujesen en el garaje, se dispararían las alarmas y tendríamos que estar dando explicaciones todos los días; otra solución habría sido no conectarlo nunca, pero no nos pareció conveniente. Lo que si hicimos fue intentar ver a nuestra familia de golondrinas, sobre todo a la golondrina clarita, que nosotros llamábamos “Blanquita” debido a su color. Por desgracia ya no la volvimos a ver nunca jamás por nuestra zona. Sin embargo, años mas tarde nos enteramos de que una golondrina blanca había sido vista algún tiempo después en otra urbanización cercana a Boadilla y que había pasado por lo menos toda una primavera y verano en las inmediaciones de la casa de nuestros hermanos Julia y Lorenzo, los cuales estaban muy contentos con su presencia, e incluso la habían hecho algunas fotografías que me han prometido enseñar. Pensamos que nuestra amiga “Blanquita”, a lo mejor era un macho (mejor le hubiéramos llamado “Blanquito”) y en su viaje a Africa seguramente conocería a alguna otra golondrina hembra que habría nacido por Boadilla y que le habría engatusado a trasladarse a aquella zona a construir un nuevo hogar (mejor dicho, un nuevo nido), para tener allí sus hijitos. Y esta es la historia de aquella familia de golondrinas de Las Zorreras, que tuvieron dentro de nuestra casa cuatro hijitos, de los cuales uno era de color casi blanco y que resultó ser un magnífico viajero y un buen padre para sus hijos, los que, por cierto, me han contado que nacieron todos negrísimos como su mamá. RAMAMAR Madrid, a 17 de marzo del 2002
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