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EL MONJE CHINO 

A mis nietos, Daniel, Celia y Raquel 

No se si recordaréis a Li Chang, el hijo de Mao Chang, un viejo pescador chino del que os conté -en su momento- una historia que tuvo con una carpa dorada que pescó en el río Yang Tsé Kiang y que fue la que cambió su vida por completo.

Pues bien, continuando con la historia de Li Chang, creo recordaréis que quedó cojo de una pierna por un accidente que tuvo cuando fue a participar en las obras de construcción de la “Gran Presa de las Tres Gargantas” y que a partir de ese momento se dedicó a hacer unas bellísimas esculturas, entre las que destacamos como mas bonita la que realizó a su propio padre Mao teniendo en sus manos una preciosa carpa de oro.

Pero también esculpió otras muchísimas esculturas en su vida y hoy os vamos a relatar lo que ocurrió con una figura que realizó en un material llamado alabastro, en la que empleó -en principio- muy poco tiempo,  pues el alabastro es un material muy blando y fácil de trabajar.

Y he dicho “en principio” porque en realidad prácticamente la escultura tardó todo el resto de su vida en acabarse; voy a explicaros que ocurrió: resulta que empezó la figura una mañana en que no tenía mucho que hacer y la comenzó sin tener modelo alguno de quien copiar. En otras ocasiones siempre había realizado sus obras copiando lo mejor que supo las figuras (humanas o no) de personas o cosas que estaban en su entorno o que conocía perfectamente, pero en esta ocasión, arremetió el trabajo inventándose totalmente la figura.

La fue realizando sin interrupciones hasta que llegó a tener que dar forma al rostro de aquella figura de monje que él quería plasmar en su obra, pero en cuanto empezó a esculpir la cara, se dio cuenta de que debía de abandonar el trabajo por no tener las ideas muy claras de cómo tenía que hacerlo. Con muy buen criterio, decidió dejarlo para hacerlo mas adelante y cuanto estuviera seguro de cómo hacerlo.

Pues bien, cual sería su sorpresa cuando al día siguiente vio que su figura tenía ya esculpida una cara completamente desconocida para él. Parecía la cara de un joven monje chino muy estilizada y con un rostro extraño, pero hermoso. Parecía sumido en una profunda meditación, con los ojos cerrados y los labios semi-entreabiertos que parecían estar musitando una oración.

Sobre todo, esta cara parecía reflejar una profunda sensación de paz y de sosiego que dejaron al artista Li Chang muy satisfecho con el resultado, al mismo tiempo que intrigado por la repentina y misteriosa aparición de aquel enigmático rostro.

Decidió dar por acabada la escultura y -con muy buen criterio- decidió conservarla para sí mismo, colocándola en un lugar privilegiado de su domicilio.

Allí quedó instalada la figura de alabastro del monje y allí también pudo comprobar Li Chang con el consiguiente asombro, que según iban trascurriendo los años, también la cara del monje parecía ir envejeciendo. Siendo ya muy viejecito Li Chang, enseñaba a sus bisnietos aquella bonita figura de monje, que por aquellos tiempos ya tenía una larga barba blanca, que le llegaba casi a sus arrugadas manos.

Por esas mismas fechas se enteró de que, en unas montañas al norte del país vivía en completo retiro un santo monje del que todos hablaban maravillas y nuestro ya anciano Li Chang tuvo la curiosidad (y al mismo tiempo el irresistible deseo) de ir a visitarle, con un cierto presentimiento de que aquella visita le iba a traer alguna buena enseñanza.

Ayudado por su nieto mas querido Tao Chang, emprendió la marcha hacia aquel lugar y después de unos días de fatigoso viaje, llegó hasta al santuario donde residía el monje, comprobando que, tal como él ya había presentido, su cara era exactamente igual que la de aquella figura de alabastro que Li Chang había esculpido en su juventud y que por algún motivo desconocido había siempre mantenido la cara idéntica a la de aquel santo monje.

Allí mismo solicitó la bendición de aquel santo varón, de quien todo el mundo hablaba cosas buenas y hasta algunos decían que podía ser descendiente del mismísimo Buda. Habiendo quedado Li Chang muy satisfecho con el resultado de su viaje, regresó a su pueblo natal a orillas del río Yang Tsé Kiang, muy feliz por haber  conocido al propietario del rostro que había presidido su casa desde hacía tantos años.

Muchísimos años mas tarde y cuando ya hacía también bastante tiempo que nuestro artista escultor Li Chang había dejado de existir, su nieto Tao, que había heredado la bonita figura de alabastro, comprobó con asombro que en ella había desaparecido la cara. Mas tarde se enteró de que por aquellas mismas fechas también había fallecido el monje, a la edad de ciento veintidós años.

Como Tao era también un buen artista escultor como su abuelo, recordando la cara del monje que había visto en su juventud, la volvió a esculpir con todo su cariño, logrando conseguir que volviese a lucir en aquella figura de alabastro, de donde ya no se volvió nunca mas a modificar ni a desaparecer. Allí la siguen teniendo todavía y Tao, siempre que tiene ocasión, cuenta la bonita historia de su abuelo a sus propios descendientes.

Ahora ya quedó para siempre tal como aparece en la foto de cabecera de este cuento

RAMAMAR

La Vila, 13 de febrero del 2007

  

 

 

 

 

                             

 

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