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La Creueta.JPG

 

LA CREUETA

 

A mis nietos Daniel, Celia y Raquel

 

Aquella tarde de marzo del año 1948 fue muy importante en la vida de Marta y Miguel. Se habían prometido amor eterno bajo “La Creueta”, una crucecita de hierro forjado que presidía la plazuela y que había sido testigo de tantos juegos de niños, corrillos de mamás, tertulias de viejos que comentaban las noticias mas importantes de La Vila y de las idas y venidas de los gorriones que pululaban entre las moreras, que daban aquellas tan agradables y acogedoras sombras protectoras de los rigores del sol.

Marta era la protagonista de haber dado ese paso tan importante, pues hasta ese día había estado indecisa en decidir cual de los dos chavales que la cortejaban había de ser el afortunado destinatario de sus amores. Miguel siempre había sido muy atento con ella, pero siempre con un poquitín de timidez que  contrastaba con la decidida postura y desenfado de Marcos, su otro pretendiente.

Marta tenía claro que entre uno de ellos dos debía decidirse y llevaba algún tiempo con la duda de su importante decisión. Su madre no era viuda, pero como si lo fuera, ya que habiendo quedado recientemente embarazada de su futura hija Marta, su marido, un acérrimo partidario de las izquierdas republicanas, había tenido que exiliarse de España en los últimos meses de 1938, habiendo dado con su persona en Cuba, en donde (según tuvo su esposa posteriores noticias) había formado otra nueva familia sin acordarse para nada de la que había dejado en España. Como es natural, la buena señora siempre había aconsejado a su pequeña Marta que tuviese buen cuidado en elegir el hombre que sería su futuro compañero de por vida, ya que ella no había tenido suerte en su elección.

Por supuesto que la niña tenía claro que su futura pareja sería uno de los chavales de su entorno, compañeros de clase en el colegio del “Doctor Esquerdo” de la calle Colón y también compañeros de juegos en aquellas felices tardes en que disfrutaban en la plazuela de La Creueta, merendando y haciendo tiempo hasta recogerse a casa al atardecer.

Marcos, quien en principio parecía que tenía mas posibilidades, era hijo único de un importante armador de Villajoyosa, por lo que disfrutaba de una envidiable posición económica y estaba siempre presumiendo de ello, como es natural en un chiquillo de su edad. Chaval con mucha decisión e incansable energía, era a todas luces un verdadero líder en los juegos y andanzas que se gestaban entre la chavalería de aquella barriada de La Vila. Le gustaba dar a conocer ante todos su preferencia por Marta y presumía de ello, dando por supuesto que esta preferencia era correspondida.

Sin embargo el tímido Miguel, hijo de un maquinista de barco, aunque en su familia no pasaban estrecheces, por supuesto que no llegaba ni con mucho al desahogo económico de su amigo Marcos, con quien por otra parte le unía una sólida y verdadera amistad. Era de carácter mucho mas tranquilo, pero no obstante también había demostrado siempre su veneración por Marta, solo que quedando en segundo plano, respetando en todo caso la supremacía de Marcos.

El suceso que había terminado por decidir a Marta su preferencia por Miguel fue ocasionado por una pequeña trifulca que se produjo una tarde cuando estaban jugando cerquita de La Creueta y un chaval tuvo la mala suerte de impactar con la pelota justamente en la cabeza de uno de los ancianos que estaban de tertulia junto a la misma.

El vejete, no se si fue porque aquel día estaba muy enfadado por alguna causa (que el solo sabría) o porque el impacto de la pelota efectivamente le hizo mucho daño, pero el caso es que tuvo una reacción muy poco afortunada. Sacó una navaja del bolsillo y rajó la pelota hasta dejarla inservible. El incidente tuvo inmediatamente sus consecuencias: las mamás de los chiquillos (que habían presenciado el feo suceso) se pusieron como es natural a imprecar al anciano afeándole su conducta y se produjo el consiguiente guirigay, unos a favor y otros en contra del desafortunado “rompepelotas”.

La madre de Marta fue una de las mas activas imprecadoras del anciano, quien, sintiéndose acosado y acorralado, blandió de nuevo la navaja, momento en el que se interpuso nuestro conocido chaval Miguel, quien recibió una superficial herida por intentar defender a la progenitora de su amada Marta.

Y aquí terminó de golpe la trifulca, al aparecer la policía en aquel momento e interponerse entre los contendientes. Miguel fue atendido convenientemente de su pequeña herida, el anciano, todo compungido, pidió perdón y se restableció la paz en la plaza.

Como es natural, Miguel quedó ante su amada como un verdadero héroe y esto terminó por decidirla para saber quien sería su futura pareja. Allí mismo se declararon como novios formalmente y prometieron ante la pequeña cruz de hierro mantener un amor eterno.

 

*******

 

Pasaron los años y el transcurso de la vida obligó a los padres de Miguel a desplazarse a un nuevo trabajo como capitán de un barco pesquero en Galicia y como es natural, al principio siguieron sus relaciones por correspondencia, pero mas adelante se fueron enfriando las cosas, cada uno de ellos emprendió nuevas relaciones y terminaron por casarse con otras parejas, con lo que el cumplimiento de su juramento de amor eterno solo duró el  tiempo que estuvieron juntos en La Vila.

 

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Muchísimos años mas tarde, volvieron a verse, pero sin conocerse, en la mismísima plazuela en que juraron su amor cuando chiquillos.

Ahora la plaza se llama de Don Juan Carlos I y ha cambiado notablemente su aspecto. En sus bajos han construido un grandioso aparcamiento subterráneo y en superficie los proyectistas han querido integrar un espacio de convivencia ciudadana, pero que resulta mucho mas frío que con aquella otra decoración anterior, en la que los arbolitos, columpios, bancos, setos de aligustre y sobre todo el clásico banco de piedra y azulejos que soportaba la preciosa cruz de hierro forjado conformaban un acogedor ambiente que invitaban al juego de los chavales y al descanso y a la convivencia de los mayores.

Lo curioso es que nuestros protagonistas Marta y Miguel (ya setentones), cada uno acompañado de dos nietos, han paseado por la plaza sin tener ni idea de que a su lado estaba el objeto de sus amores juveniles. Así es la vida.

 

                                  

 

 

 Escrito por RAMAMAЯ  en La Vila, el 22 de mayo del 2009

 

 

Notas.- La foto de La Creueta en su estado antiguo, fue encontrada en Internet con sus viejecitos charlando amigablemente y no se quien será su autor, a quien ruego me autorice su inclusión en este cuento.

 Las otras dos fotos son mías y tomadas ayer mismo.

 

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