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Había una vez un rey una reina y sus quince hijos. La reina era un poco gruñona y por eso la conocían con el nombre de “la reina orgullosa”, aunque no era la verdad sino todo lo contrario; en cambio el rey no se parecía nada a su esposa: el era muy responsable de sus cosas.... El cuando había que poner la mesa, la ponía sin poner ninguna excusa. Hay quien decía que era el mejor rey del mundo.
Fuera un helado, una tarta, un Sándwich, mermelada......A ellos les daba igual; les llamaban “la familia todo lo hace al revés”. Si no echaban sal decían que estaba demasiado salado. Como ellos continuamente estaban levantándose para ir a coger el tarro de sal, con sólo pensar en la sal les venia un enorme tarro de sal.
Pero a los padres les estaba dando envidia y el niño mandó construir 2 tarros más: uno para la madre y otro para el padre... Y así nada más pensar en la sal directamente se lo echaba (el medio tarro de sal en la comida que tuviesen). Lo bueno que tenía es que no se tenían que levantar. Al fin y al cabo la reina cambió. Ya no era tan mandona ni tan gruñona. Ahora todo el pueblo la llamaba “la reina orgullosa de verdad”, no por decirlo, si no por que lo era. La reina cambió mucho desde entonces y fueron muy felices el rey, la reina, sus quince hijos y sus saleros mágicos.
Escrito por Celia Masedo Mayoral En Madrid, diciembre del 2006
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