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LA CASA DEL CARACOL A mis nietos Daniel, Celia y Raquel Me imagino que os acordaréis de aquella vez en que, después de dos días de lluvia bastante buena que cayó en el mes de agosto del año 2002, (cuando estábamos todos en 7Pinos), y que nos encontramos un buen montón de caracoles a quienes luego metimos en una caja grande de plástico en la que pusimos hojas de plantas para que no les faltara que comer. También recordaréis que abríamos la caja de vez en cuando para ver que tal les iba en aquel encierro y que resultaba bastante aburrido porque casi todos se habían encerrado dentro de sus caracolas y parecía que habían cogido un buen sueño del que no pensaban levantarse. Pues bien, lo que no sabéis es que un día del mes de septiembre, cuando ya os habías marchado para ir al “cole” en Madrid, alguien debió de dejarse abierta la caja, seguramente sería la gata Duquesa que intentaría cotillear a ver que había dentro de aquella maloliente caja y coincidió con otros dos días de lluvia, con lo que los caracoles parecieron espabilarse otra vez y se salieron a pasear por el jardín. Uno de estos caracoles, era tan grande que no cabía bien por el hueco que la gata se había dejado abierto en la caja y para poderse salir de allí, tuvo que dejarse dentro de la caja su caracola, así es que cuando salió de allí sin su casita a cuestas, sus hermanos y parientes no le reconocieron y no le dejaron integrarse con ellos. Parecía totalmente una babosa y ya sabéis el odio que tienen los caracoles a las babosas por su aspecto de desnudez. Rapidete, que así se llamaba nuestro caracol porque en cierta ocasión recorrió casi dos metros de distancia en un solo día, anduvo paseando por todo el jardín en busca de otra caracola vacía en la que guarecerse y, como no encontraba nada aparente, al final se metió dentro de un juguete de plástico que encontró tirado por ahí. El juguete era un plátano amarillo de plástico de los que vienen en un supermercado para jugar que tienen las niñas, donde también hay otras cositas (todas ellas de plástico) como yogures, donuts, croisants, panecillos, limones, naranjas, botellitas, etc. El caso es que el tal plátano tenía un agujero en uno de sus lados y le vino como anillo al dedo a Rapidete para refugiarse en él mientras no encontrase una caracola vacía a su medida. No veáis lo raro que resultaba nuestro caracol cuando -con su plátano a cuestas- se ponía a andar por el jardín en busca de comida. Parecía una cosa de lo mas inquietante, pero por otra parte era una gran ventaja para que no se lo comieran los pájaros, pues se asustaban solo de ver aquella cosa tan extraña. Tampoco le reconocían con esa pinta los caracoles de su entorno, que salían corriendo en cuanto veían aquella cosa amarilla que se les acercaba. Bueno, lo de corriendo es un decir, pues ya sabéis que los caracoles corren mas bien poca cosa. Son lentos hasta para sacar los cuernos al sol. Para no llamar tanto la atención, otro día se refugió dentro de un trocito de tubería de plástico negra que se encontró por allí, pero resulta que el tubo estaba abierto por los dos extremos y no le proporcionaba la protección que necesitaba. Así es como yo le encontré una mañana y, acordándome de la caracola vacía que había yo encontrado en la caja de plástico donde se le había quedado atascada a Rapidete, cogí a nuestro caracol y le introduje de nuevo en la caja, pero esta vez con la tapa abierta para que se pudiese marchar cuando quisiera. Efectivamente se marchó aquella misma noche, pues cuando yo fui a ver que había pasado al día siguiente, nuestro caracol ya se había marchado para siempre, llevándose su caracola a cuestas y dejándome allí como recuerdo un par de cositas negras que luego descubrí que eran dos caquitas de caracol. ¡Vaya una manera de agradecerme el que le hubiese proporcionado de nuevo su casita! Como vuelva a ver otra vez a Rapidete, le pienso recordar que se ha portado conmigo como un guarrete. ¡Ahí vá!, si me ha salido en verso.
RAMAMAR La Vila, a 17 de septiembre del 2002
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