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LA ARDILLA SIN COLA A mis nietos, Daniel, Celia y Raquel ¿Os acordáis de un loro llamado Boquita-piñón, cuya aventura os conté hace ya algún tiempo en el cuento titulado “El loro incoloro”?
No se si recordaréis
que en el transcurso de sus andanzas por los árboles del Retiro, se
tropezó en cierta ocasión con una ardilla con mucha mala sombra, que le
obligó a marcharse con muy malos modos del árbol en que Boquita-piñón se
había parado a descansar. Pues aquella desagradable ardilla tenía aquel mal carácter debido a que, en su juventud, había sido criada por una madre ardilla que tenía todavía peor carácter que su hija. De esta mala madre ardilla (llamada Cotilla por quienes la conocían, ya os podéis imaginar el motivo de su mote) es de la que os voy a contar un poco de su vida y milagros, para que podáis comprender un poco las causas de su avinagrado carácter y las consecuencias del mismo. Cotilla no se llamaba así de pequeña, sino que por entonces sus padres y amigos la conocían con el nombre de Colita-roja y por supuesto que tenía un carácter alegre y vivaracho; además, poseía también una gran curiosidad, como tienen todas las ardillas que se precien. Lo que pasa es que su curiosidad era francamente excesiva y llegaba a interesarse en demasía por todas las cosas, en especial de los asuntos de las demás ardillas y otros animales de su entorno; tan exagerada curiosidad hizo que todos la fuesen considerando como una auténtica cotilla y así se le fue conociendo por ese sobrenombre por cuantos la conocían. Aparte de esta excesiva curiosidad, en su juventud no era una mala compañera con los demás y convivía con sus congéneres en una urbanización cercana a la estación de Las Zorreras, en una zona cuyas parcelas tienen gran cantidad de pinos piñoneros que son el alimento preferido de las ardillas y donde además, los árboles de gran porte y tamaño las facilitan el mantenimiento de sus familias, ya que pueden allí hacer sus nidos familiares con gran facilidad, al abrigo de los animales depredadores que podrían fastidiar a sus crías. También en estos grandes árboles se pueden ejercitar en sus correrías por las ramas, para adquirir esa agilidad que las caracteriza.
Lo que le pasó a
Colita-roja es que perdió su preciosa colita roja en un desgraciado
accidente provocado precisamente por su excesiva curiosidad. No se le
ocurrió nada menos que meterse en un garaje en el que su propietario
había colocado unas ballestas o cepos para atrapar a las ratas que se
comían cuantas cosas hubiese por allí. A las ratas las encantaba roer
las cajas de semillas
y cualquier otra cosa que encontrasen allí guardadas por su dueño,
Pues bien, Colita-roja tuvo la infeliz idea de cotillear aquellos artefactos que vio por el garaje, con tan mala fortuna que su cola tropezó con el resorte que hacía que la ballesta se cerrase con muchísima fuerza y allí se quedó para siempre cortada y atrapada su preciosa cola roja. Por supuesto que sus compañeras, además de compadecerla por tan triste pérdida, la pusieron por nombre Cotilla; otras compañeras, con muy mala uva la llamaban Colita-rota (en vez de Colita-roja), y esto, unido a la falta de su querido apéndice, la provocaron que su carácter se convirtiese en lo mas desagradable del mundo. Sus hijos también heredaron parte de ese mal carácter y es por eso por lo que aquella hija suya, que en su juventud fue capturada por unas biólogas naturalistas que querían repoblar el parque del Retiro con nuevos ejemplares, fuese a parar a aquel precioso parque madrileño y fue ella precisamente la ardilla que echó de malas maneras al loro Boquita-piñón cuando éste fue a posarse en la rama de su pino.
RAMAMAR Las Zorreras, 12 de agosto del 2006
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