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EL ARBOL DE PELOTAS DE PING-PONG A mis nietos, Daniel, Celia y Raquel Aquel día, Pablito estaba particularmente enfadado: todo le salía mal. Desde por la mañana temprano habían empezado los problemas cuando, al desayunar, se llevó una buena bronca de su madre porque al echar el Cola-cao en la leche se le había volcado el vaso (con todo su contenido) encima del mantel bordado de la abuela. ¡Jolines!, él no había tenido toda la culpa, pues el “enterao” de su hermano Luis había sido el primero que había manchado un poco el mantel con sus bromas de mal gusto y a él no le habían regañado siquiera. ¡Claro!... ¡Como es el mayor!... Pues otra vez que me tire bolitas de miga de pan a la cara, me voy a chivar y a ver si se entera todo el mundo de las pesadas bromitas de mi hermanito el mayor… Pues precisamente aquello de la mayoría de su hermano era una de las cosas que mas le fastidiaban a Pablito. Pues bien, ¿Por qué a su hermano Luis le llamaban siempre Luis y a él siempre le dicen Pablito? ¿Es que no pueden llamarle Pablo? Total… solo tres años de diferencia y hay que ver cuantas discriminaciones tenía que soportar a lo largo del día. Por ejemplo, de mañanita al colegio en el coche de mamá: -Pablito, ponte encima del suplemento de asiento para niños, pues todavía no das la talla de altura como tu hermano y abróchate bien el cinturón, que vas siempre hecho un desastre. Mas adelante: - Luis, toma el dinero para comprar los bollos de media mañana y no dejes que tu hermano se compre el que va relleno de chocolate, que luego le sienta mal. Vigila a tu hermano. Un poco mas tarde: -A ver Pablito, hijo… ponte derecho en el asiento, que si tenemos un frenazo vas a salir despedido. ¿Por qué no aprendes de tu hermano?... Desde luego, eso de solo tener seis años (en lugar de los casi diez de Luis), a Pablito le tenían desesperado y quería cumplir años a toda prisa para llegar a ser como su hermano rápidamente. No cavilaba en aquellos momentos, que aquella diferencia de tres años y pico se iban a conservar durante toda su vida. Bueno, volviendo a aquella mañana del derramamiento del Cola-cao sobre el mantel bordado de la abuela: era un domingo de principios del verano y estaban aquel día en el chalet de la sierra de los abuelos. Precisamente las prisas por desayunar eran debidas a que habían quedado con unos vecinitos para jugar al ping-pong en una estupenda mesa de tamaño reglamentario que estos vecinos tenían en un rincón de su parcela, en un lugar a la sombra protegido del viento y donde nadie les molestaba en sus juegos. Como es natural, primero empezaron jugando al ping-pong “los mayores”, esto es: Luis contra Laura, la hermana mayor de los tres vecinos. Por cierto, Laura tendría unos nueve años (aunque aparentaba once o doce), la siguiente era otra niña de siete años que se llamaba Lolita y el hermano mas pequeño era Josele, con solo cinco años, pero mas travieso que el célebre Guillermo, el de los cuentos de “Guillermo el travieso”. El problema surgió cuando, al finalizar su partido los dos mayores, Pablito quiso jugar contra Lolita, y aquí fue el problema: Pablito no había jugado en su vida a aquello y no daba una en el clavo, mejor dicho, en la pelotita, que parecía estar viva y esquivaba una y otra vez los golpes que Pablito le intentaba dar. Lolita, que era una niña espigadita y bastante alta para su edad, dominaba bien la cuestión y se desesperaba al ver que su oponente no estaba a la altura de las circunstancias. En cuanto a Pablito, la realidad era que, aparte no tener ni idea, la mesa le pillaba un poco alta para su estatura y lo pasaba francamente mal. Al final, Lolita se aburrió de tanto agacharse a recoger pelotas del suelo y propuso que su oponente fuese Luis, que parecía estar un poco mas ducho en el juego. Pablito no quería de ningún modo dar por terminada su partida recién empezada y, como no se convencía por las buenas ni por las malas, ni dejaba jugar a nadie, los demás terminaron por dejarle solo con su mesa de ping-pong, las raquetas y la pelotita: ¡Te lo metes todo por donde te quepa! Y allí se quedó solo Pablito, con una rabia incontenible al ver lo poco razonables que resultaban sus compañeros de juego. Por supuesto que fue inmediatamente a chivarse a la abuela del mal trato recibido, pero ésta, en ese momento estaba muy ocupada con el riego de las plantas y le dijo que fuese a buscar al abuelo para contarle el problema. El abuelo tampoco fue una buena solución, pues también estaba muy ocupado recogiendo hojas del suelo y echándolas en una carretilla, con lo que se excusó y propuso a Pablito que fuese a explicar su enorme problema a sus padres.
Pablito se dio cuenta en aquel mismo instante de que su problema lo tendría que resolver por si mismo. Renunciaría de momento a jugar al ping-pong hasta que tuviese un año o dos más, pero por otra parte les iba a fastidiar el juego a los demás. Cogió la amarilla pelotita de ping-pong y, cuando nadie le veía, procedió a enterrarla bien enterrada dentro de un tiesto vacío de los que tenía por allí la abuela para sus flores. Metió la pelota en lo mas profundo de la maceta y procedió luego a taparla bien tapada con tierra del jardín. El siguiente paso fue llevar el tiesto a un lugar poco frecuentado y dejarlo allí escondido. Una vez realizada su malvada hazaña, Pablito se dedicó a otros menesteres y la verdad es que todos ellos olvidaron el incidente. La pérdida de la pelota fue subsanada sacando otra nueva de una bolsa que tenía Laura en su casa y las cosas continuaron como siempre: los “mayores” discriminando a los pequeños y éstos quejándose de su mala suerte por haber nacido mas tarde que ellos. Pues bien, así trascurrió todo aquel año sin muchas mas cosas importantes que contar, pero a la primavera siguiente, el abuelo contó a sus nietos que cuando estaba una mañana revisando su jardín, encontró en un rincón aquella maceta olvidada desde el pasado año. Observó que de su interior asomaba una pequeña planta y en seguida preguntó a la abuela para enterarse de que era aquella planta tan extraña que había nacido en aquel tiesto. Por supuesto que la abuela no tenía idea de que era aquello, pero por la forma de las pequeñas hojas que se veían en aquella plantita, le parecieron ser de avellano y así también le pareció al abuelo cuando se lo indicó. Por si acaso se trataba de un avellano auténtico, entre todos decidieron cuidar en lo sucesivo aquella planta y para que se pudiese desarrollar en las mejores condiciones, la trasladaron a un sitio bien soleado. Allí pudo crecer a sus anchas y en aquel mismo año se convirtió en un pequeño y bonito arbolito de casi un metro de altura, por lo que los abuelos decidieron que aquel invierno lo trasplantarían al terreno, en un sitio bien aparente para que pudiera desarrollarse bien.
Entonces fue cuando Pablito recordó lo sucedido hacía ya seis años, el día en que enterró en un tiesto (como castigo a los otros niños) aquella pelota de ping-pong y se lo hizo saber a sus abuelos, que quedaron extrañadísimos de que aquello pudiese ocurrir. Nadie en todo el mundo podría sospechar que, de una pelota de plástico pudiese surgir un arbolito y que éste a su vez diese como frutos pelotas de ping-pong. Pablito quedó tan sorprendido que no daba crédito a sus ojos y en seguida fue corriendo a contárselo a todo el mundo; por supuesto que nadie se creía aquel caso, con excepción de los abuelos, quienes fueron los únicos que hicieron caso de nuestro amigo. Bueno, le hicieron caso un ratito solamente, pues, al cabo de un tiempo y con risitas de complicidad, hicieron ver al chiquillo la verdad de lo sucedido. Resulta que el abuelo había sido testigo de la rabieta de Pablito y de su malvada acción de ocultar la pelota de ping-pong en el tiesto. Entonces decidió gastarle esa broma y de acuerdo con la abuela, en el tiesto quitaron primero la pelota y en su lugar introdujeron una auténtica avellana que fue la que dio origen, en principio a la pequeña planta y después al arbolito en que se convirtió con el tiempo. En la fecha oportuna y cuando sabían que iba a venir Pablito con su familia a pasar un mes de vacaciones, el abuelo, ayudado por la abuela, colocó en el arbolito unas cuantas pelotas de ping-pong sujetas a las ramas con papel adhesivo y así darle el auténtico aspecto de un árbol plagado con unas frutas que eran auténticas pelotas de ping-pong. RAMAMAR Las Zorreras, 25 de agosto de 2006
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